Pasillo de hospital, andén vacío, funeraria al anochecer.
A veces, la ciudad se detiene. No porque se apague el semáforo, sino porque
alguien ya no llega.
Se siente en el asiento vacío. En el celular que no vuelve a sonar. En la
palabra que no dijiste. En la fe que se pone a prueba.
Pero Cristo está ahí, en el umbral. No para cerrar puertas, sino para abrir
otra: la del reencuentro eterno.
Lo que aquí es despedida, allá es abrazo. Lo que aquí es silencio, allá es
canción. Lo que aquí duele, allá… sana.
“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11,25) RM
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