Dicen que la esperanza viene en silencio, pero a
veces… también aterriza con estruendo, entre luces de servicio y corazones
apretados.
Así llegó Él, vestido de blanco y con acento de
padre, a hablarle al mundo joven que aún se atreve a preguntar por la verdad, por
la amistad real, por el bien sin atajos.
Y entre ese millón que cantaba y callaba, que
rezaba con los pies polvorientos, Cristo también caminó. No entre aplausos, sino
entre miradas sinceras, esas que buscan algo más que una foto para el feed.
Porque Él también llega así: con un corazón que arde en el
camino, con una palabra que consuela sin imponer, con pan partido ante la noche
de las dudas.
En Tor Vergata, el Evangelio no fue leído, fue vivido.
Fue una Eucaristía sin paredes, una mesa tendida
sobre el campo, una respuesta divina a quienes no se cansan de esperar.
Y mientras recordábamos a las dos jóvenes que
murieron en el camino, el cielo no guardó silencio: la esperanza resucita incluso en la pérdida.
Porque Cristo no solo toca puertas… también se sube
al papamóvil, se hace voz en la boca de un anciano valiente, y responde —en
español, italiano o inglés— que la fe sigue viva, que el bien no es una ilusión,
y que nadie
está solo en su búsqueda.
‘Quédate con nosotros, Señor…’
Porque en esta ciudad que corre y olvida, alguien
aún se atreve a mirar hacia el Este, y a creer que el sol vuelve… y que Él también. RM
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