Sorprende
ver con qué frecuencia se dirige Jesús a sus discípulos para ponerles en
guardia contra una falsa «impaciencia mesiánica» que no sabe respetar el ritmo
de la acción discreta pero vigorosa de Dios.
A
los que esperan de él la puesta en marcha de un movimiento contundente y
arrollador, capaz de terminar con otras corrientes y alternativas, Jesús les
habla de una acción de Dios más humilde y respetuosa. El mundo es un campo de
siembras opuestas. Y el reino de Dios crece ahí, en la densidad de esa vida a
veces tan ambigua y compleja.
Ahí
está Dios salvando al ser humano. En esos comportamientos colectivos, animados
unas veces por grandes ideales y otras por oscuros egoísmos. En esos mil gestos
que hacemos cada día y donde se mezcla la generosidad con las mezquindades más
inconfesables.
A
quienes esperan el despliegue de algo espectacular y poderoso, Jesús les habla
de un reinado de Dios más sencillo y discreto. Algo que no está hecho para
desencadenar movimientos grandiosos de masas. El reino de Dios está ya
actuando, pero al modo de un grano de mostaza minúsculo y casi irrisorio que
germina con humildad, o como un trozo imperceptible de levadura que se pierde
en la masa fermentándola desde dentro.
Al
reino de Dios no le abriremos camino lanzando excomuniones sobre otros grupos,
partidos o ideologías, ni condenando todo lo que no coincide con nuestro
pensamiento. No lo implantaremos en la sociedad concentrando grandes masas o
logrando el aplauso pasajero de las muchedumbres.
El
reino de Dios es un «fermento de humanidad» y crece en cualquier rincón oscuro
del mundo donde se ama al ser humano y donde se lucha por una humanidad más
digna. Al reino de Dios le abriremos camino dejando que la fuerza del evangelio
transforme nuestro estilo de vivir, amar, trabajar, disfrutar, luchar y ser. JAP
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