En la ciudad
donde todos quieren controlar la agenda, marcar el destino y diseñar la ruta
perfecta, hay un susurro que nos recuerda otra verdad: no todo depende de
nuestras manos.
Caminar con
Cristo es aceptar que la vida no se mide en kilómetros planeados, sino en pasos
confiados.
Es reconocer
que el rumbo más seguro no lo dicta el tráfico, ni la prisa, ni las
expectativas del mundo, sino la voluntad de Dios.
‘Hasta donde Dios quiera y como
Dios quiera’.
Esa es la ruta
que no se equivoca. Esa es la brújula que nunca falla, aunque nos lleve por
calles que no imaginamos. RM
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