En la ciudad, muchos se agotan: el trabajo que no
alcanza, las cuentas que presionan, la rutina que desgasta.
Pero en medio del cansancio, se escucha una
promesa: “Donde otros se cansan, yo sigo, porque Dios me renueva”.
No es fuerza propia, es gracia. No es voluntad
terca, es amor que sostiene. Cada paso que das con fe es acompañado, incluso
cuando sientes que ya no puedes más.
“Los que esperan en el Señor renovarán sus fuerzas; correrán y no se
cansarán, caminarán y no se fatigarán” (Is 40,31) RM
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