Todo empieza a tomar sentido cuando dejamos de girar alrededor de nosotros
mismos.
Cuando Dios vuelve al centro, las piezas sueltas de la vida comienzan a
encajar.
No significa ausencia de problemas, sino presencia de propósito.
A veces la calma no llega porque seguimos queriendo controlar la tormenta.
Poner a Dios en el centro es soltar el timón sin perder el rumbo.
Cristo sigue caminando entre nosotros. RM
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