Escalones de rutina, ruido digital y almas distraídas. Muchos nos preguntan si hemos llegado al límite… Si esta generación no es ya la del olvido, la del rechazo, la del escándalo
sin arrepentimiento.
Y aunque parezca que el mundo ha endurecido su rostro ante Dios, hay algo
más peligroso que la negación abierta: La
indiferencia educada, la apostasía tibia, el olvido con sonrisa de modernidad.
Vivimos una época donde ya no se blasfema con ira… Simplemente se vive como
si Dios no estuviera. Y sin embargo, ahí está Él. No
como trueno, sino como piedra discreta.
·
Una piedra en el andén, en la
sala de espera, en el corazón cansado de quien aún reza.
·
Una piedra que no grita, pero
sostiene.
·
Una piedra que no abre el mar…
pero impide que te ahogues en el sinsentido.
Porque mientras haya alguien que guarde una fe pequeñita —gastada, rota,
pero suya— todavía no hemos llegado al final. La apostasía no ha vencido mientras haya una
sola alma que mire el cielo y susurre: “Creo, aunque no vea”.
“Para
los hombres es imposible, pero para Dios todo es posible” (Mt 19,26) RM
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