Pero
pasó lo que pasó, y las heridas están ahí. Heridas en la parroquia, que tuvo
que invertir mucho dinero para los arreglos. Heridas en el ‘culpable’, que por
descuido provocó aquellas llamas. No todos los errores son tan dramáticos,
pero normalmente errores ‘pequeños’ dejan también sus heridas. Uno se siente
torpe, incluso se desanima un poco, si perdió media hora buscando unas llaves
por no haberlas guardado en su sitio. Tras lo ocurrido, las reacciones son
muchas. Unos sienten rabia y condenan al imprudente que causó el incendio.
Otros protestan porque no había un buen sistema de alarma. Otros se lamentan
por tener que pagar las consecuencias (y los arreglos) que habrían sido
perfectamente evitables.
Sin
embargo, reaccionar de modo equivocado ante los errores no arregla nada y aumenta
los daños, sobre todo si el ‘culpable’ se deja abatir ante lo ocurrido, o si
otras personas toman actitudes de rabia desproporcionada contra esa
persona. Lo importante es no quedar aprisionado por lo ocurrido. Ya pasó
el incendio: no podemos hacer nada por cambiar el pasado.
Lo
que sí podemos hacer es arrimar el hombro, ayudar en la reconstrucción,
acercarnos a quien provocó el daño, y vivir serenos ante los continuos
imprevistos de la vida. Las heridas, ciertamente, necesitan algo de tiempo
para ser curadas. Con paciencia, con humildad, y con el apoyo de tanta gente
buena, quien cometió un fallo afrontará sus responsabilidades
serenamente. Sobre todo, esa persona se abrirá al consuelo más íntimo, el
de Dios que es Padre bueno, que no lleva cuentas de nuestros errores, sino que
nos invita a confiar en su misericordia y en su cariño eterno. FP
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