En
los temas religiosos, no podemos dejar de lado la discusión y el estudio sobre
la verdad o la falsedad que puedan caracterizar a esta o a aquella religión
concreta. El ser humano no se contenta con apariencias. Esto vale para
todos los ámbitos: desde los más prosaicos y cotidianos, hasta los que implican
el modo de interpretar el sentido de la vida y lo que pueda ocurrir más allá de
la muerte.
Ya
san Agustín recordaba cómo no nos limitamos a escoger un zapato que parezca
bueno, sino que deseamos y buscamos un zapato que sea bueno de verdad. Si
nos interesa la verdad sobre el zapato, o sobre un teléfono celular, o sobre la
sinceridad de un amigo, mucho más nos interesa conocer, entre las religiones
que existen, cuál sea la verdadera. Buscar la verdad sobre las religiones
no implica despreciar a quienes admiten una u otra religión. Al contrario,
quien es sincero en su búsqueda religiosa lo hace precisamente porque considera
la grandeza de la dignidad humana, que radica, entre otras cosas, en su amor
hacia la verdad.
Nadie
puede ver con indiferencia la existencia de tantas religiones, precisamente
porque todos deseamos, por naturaleza (como enseñaba Aristóteles), conocer la
verdad. Solo desde el conocimiento verdadero resulta posible tomar buenas
decisiones y llevar a adherirnos a aquella religión que, precisamente en cuanto
verdadera, resulte relevante para cualquier vida humana. FP
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