La ciudad nunca duerme del todo. Roma lo sabe. Y
esa tarde de julio, tampoco descansó. Los trenes colapsaron de mochilas, las
calles se llenaron de idiomas, y el campo de Tor Vergata volvió a respirar como
hace 25 años… pero distinto. Esta vez, no fue un recuerdo de Juan Pablo II lo
que atrajo a los jóvenes, sino una presencia viva que los sigue buscando.
Y en medio del calor, del polvo, de los cantos y de
los silencios, aterrizó el Papa. No fue un descenso triunfal. Fue una señal: la
esperanza también puede llegar en helicóptero. Puede hablar en español, en
italiano, en inglés… Puede mirar a los ojos y no a las cámaras. Puede partir el
pan sin techo ni paredes. Puede caminar entre los pies polvorientos de los que
aún creen. No fue solo una vigilia. Fue un Evangelio vivido.
En Tor Vergata no se leyó el Evangelio. Se vivió. Se
cantó, se preguntó, se lloró. Y Cristo se paseó —sin escoltas ni incienso—
entre quienes aún se atreven a decir “yo te busco” aunque no sepan cómo ponerle
nombre a la sed.
El Papa no dio respuestas mágicas. Dio brújulas. Habló
de la amistad que no usa. De las decisiones valientes que nacen del amor. Del
bien que cuesta pero vale. Y lo hizo con ternura de abuelo y con mirada de
joven.
Ahí no hubo influencers. Hubo testigos. Hubo
oración sin espectáculo. Y también hubo ausencia: las dos jóvenes fallecidas en
el camino al Jubileo fueron nombradas con delicadeza. Y en ese momento, Cristo
se volvió lágrima, y la esperanza se hizo promesa: ni el dolor tiene la última
palabra.
¿Cristo en la ciudad? Sí, también aquí. Porque la ciudad, aunque olvide,
no borra del todo la esperanza. Y porque los jóvenes, aunque cansados, aún
esperan una Palabra que no sea
marketing.
Cristo llegó en helicóptero, sí. Pero se bajó del
papamóvil para caminar. No necesitó retórica: le bastó con decir “no están
solos”.
Y entonces, por un momento, la ciudad se volvió
cenáculo sin muros, altar sin cúpula, iglesia sin columnas.
Epílogo urbano
La noche cayó sobre Tor Vergata. Y en medio del
silencio, una cruz iluminada recordaba lo esencial: que Cristo aún está. Que
aún llama. Que aún espera que lo miremos, no como ídolo, sino como compañero de
viaje.
“Quédate con nosotros, Señor…” Porque aunque la
ciudad corra, aunque el mundo grite, alguien aún se atreve a mirar hacia el
Este… y a creer que el sol vuelve. Y que Él también. RM
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