Los
latigazos inesperados que recibimos en la vida nos harán enmudecer, pero no
desesperar cuando los soportamos a la luz del misterio de la cruz, eso que
muchos sabios y prudentes de este mundo no son capaces de comprender, porque
para ellos siempre será una locura. En esta locura de la cruz es en la que sólo
quería gloriarse Pablo de Tarso. En ella deberíamos encontrar también todos los
cristianos el santo gozo de poder padecer con Cristo y cooperar con Él en su
obra redentora. A quienes la cruz se les hizo dulce no fue por ser cruz, sino
por poderla sobrellevar con amor y por amor, Este es el secreto para poder
padecer con alegría, pues como bien dijera S. Agustín: «Donde hay amor no hay
dolor».
Si
queremos encontrar una respuesta cristiana al dolor hemos de ser conscientes de
su valor salvífico. De ello ya nos habló S. Pablo y en los tiempos
actuales lo ha hecho J. Pablo II en su Carta Apostólica ‘Salvici doloris’ ¿Para
qué sufrimos? Sufrimos para demostrar nuestro amor a Cristo, para unirnos a Él
hasta llegar a ser corredentores con Él. Si el discípulo no puede ser más que
su maestro, ningún cristiano podrá seguir sus pasos por sendas distintas a las
suyas. Sobran las almas que alegremente quieren acompañarle el Domingo de
Ramos, embriagadas de olor a incienso y laurel. Son muchos los que quieren
adelantar el triunfo de Resurrección, sin pasar antes por la Vía Dolorosa del
Viernes Santo. Nos hemos ido olvidando que para poder ser felices ya en la
tierra hay que aprender a convivir con el dolor. En nuestro afán de
quedarnos con lo que nos conviene hemos separado cuidadosamente ‘la mística de
la felicidad’ de la ‘mística del sufrimiento’ y ya nadie hace mención de
aquella. Sabia sentencia es aquella que alumbró el itinerario de numerosas
generaciones del pasado y que reza así: ‘Ad lucem per crucem’ (Hacia la meta de la luz por el camino de la cruz). Que
nadie se engañe, pensando que seguir a Cristo es cosa fácil, pues tener
vocación de cristiano lleva implícito la renuncia y el portar la cruz de cada
día. A todos nos gustaría recorrer el camino de la santidad por un camino
sembrado de rosas, practicar la pobreza sin que me faltara de nada, ejercitarme
en la virtud de forma complaciente, pero me temo que esto no es posible. A la
santidad de vida no se llegará sin hacernos violencia, ni a la entrega amorosa
sin experimentar el sabor amargo de la decepción, igual que no es posible
aprender a ser humildes sin haber pasado por la humillación. La meta gloriosa
que nos espera es sin duda la resurrección con Cristo, pero antes tendremos que
recorrer con Él la vía dolorosa y traspasar las barreras de la muerte que son
las que nos abren las puertas de la gloria. AGS
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