Dios nos habla
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“Apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos
y les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Luego dijo a Tomás: “Trae aquí tu
dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante
no seas incrédulo, sino hombre de fe”. Tomas respondió: “¡Señor mío y Dios
mío!”.
Jesús le dijo: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen
sin haber visto!” (Jn 20,26-29).
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“Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran
misericordia, nos hizo renacer, por la resurrección de Jesucristo, a una
esperanza viva, a una herencia incorruptible, incontaminada e imperecedera, que
ustedes tienen reservada en el cielo. Porque gracias a la fe, el poder de Dios
los conserva para la salvación dispuesta a ser revelada en el momento final.
Por eso, ustedes se regocijan a pesar de las diversas pruebas que deben sufrir
momentáneamente: así, la fe de ustedes, una vez puesta a prueba, será mucho más
valiosa que el oro perecedero purificado por el fuego, y se convertirá en
motivo de alabanza, de gloria y de honor el día de la Revelación de Jesucristo.
Porque ustedes lo aman sin haberlo visto, y creyendo en él sin verlo
todavía, se alegran con un gozo indecible y lleno de gloria, seguros de
alcanzar el término de esa fe, que es la salvación” (1Pd 1,3-9).
Reflexión
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“Observa de qué modo Cristo, penetrando milagrosamente a través de las puertas
cerradas, demostró a sus discípulos que era Dios por naturaleza, aunque no
distinto del que anteriormente había convivido con ellos; y mostrándoles su
costado y las señales de los clavos puso en evidencia que el templo que pendió
de la cruz y el cuerpo que en él se había encarnado, lo había él resucitado,
después de haber destruido la muerte de la carne, ya que él es la vida por
naturaleza, y Dios. Ahora bien, da la impresión de que fue tal su preocupación
por dejar bien sentada la fe en la resurrección de la carne, que, no obstante
haber llegado el tiempo de trasladar su cuerpo a una gloria inefable y
sobrenatural, quiso sin embargo aparecérseles, por divina dispensación, tal y
como era antes, no llegasen a pensar que ahora tenía un cuerpo distinto de
aquel que había muerto en la cruz” (San
Cirilo de Alejandría, Comentario sobre
el evangelio de san Juan (Lb 12, cap 1).
Nosotros le hablamos
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“Dios de la eterna misericordia, cuando celebramos cada año la fiesta de
la Pascua tú reavivas la fe del Pueblo santo; haz crecer en nosotros los dones
de tu gracia, para que comprendamos mejor la grandeza inestimable del bautismo
que nos purificó, del Espíritu que nos regeneró y de la sangre que nos redimió.
Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos” (Oración Colecta).
Nuestra vida cambia
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¿Vivo según la fe en Cristo resucitado?
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¿Qué cosas ponen a prueba mi fe?
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