La
crisis actual de la Iglesia, sus miedos y su falta de vigor espiritual tienen
su origen en un nivel profundo. Con frecuencia, la idea de la resurrección de
Jesús y de su presencia en medio de nosotros es más una doctrina pensada y
predicada que una experiencia vivida.
Cristo
resucitado está en el centro de la Iglesia, pero su presencia viva no está arraigada
en nosotros, no está incorporada a la sustancia de nuestras comunidades, no
nutre de ordinario nuestros proyectos. Tras veinte siglos de cristianismo,
Jesús no es conocido ni comprendido en su originalidad. No es amado ni seguido
como lo fue por sus primeros discípulos y discípulas.
Se
nota enseguida cuando un grupo o una comunidad cristiana se siente habitada por
esa presencia invisible, pero real y operante, de Cristo resucitado. No se
contentan con seguir rutinariamente las directrices que regulan la vida
eclesial. Poseen una sensibilidad especial para escuchar, buscar, recordar y
aplicar el evangelio de Jesús. Son los espacios más sanos y vivos de la
Iglesia.
Nada
ni nadie nos puede aportar hoy la fuerza, la alegría y la creatividad que
necesitamos para enfrentarnos a una crisis sin precedentes como puede hacerlo
la presencia viva de Cristo resucitado. Privados de su vigor espiritual, no
saldremos de nuestra pasividad casi innata, continuaremos con las puertas
cerradas al mundo moderno, seguiremos haciendo «lo mandado», sin alegría ni
convicción. ¿Dónde encontraremos la fuerza que necesitamos para recrear y
reformar la Iglesia?
Hemos
de reaccionar. Necesitamos de Jesús más que nunca. Necesitamos vivir de su
presencia viva, recordar en toda ocasión sus criterios y su Espíritu, repensar
constantemente su vida, dejarle ser el inspirador de nuestra acción. Él nos
puede transmitir más luz y más fuerza que nadie. Él está en medio de nosotros
comunicándonos su paz, su alegría y su Espíritu. JAP
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