Y honestamente lo entiendo. La gran competencia internacional
de fútbol tiene ese ‘efecto’ de unir familias, amigos y hasta desconocidos
frente a una pantalla.
Pero hace unos días el Papa León XIV hizo una
reflexión que me llamó mucho la atención. Dijo que el fútbol es una metáfora de
la vida, porque “quien no sabe pasar el balón, aunque tenga talento, todavía no
ha entendido el juego”.
Y mientras escuchaba esa frase pensé... También
aplica para nuestra vida de fe.
Vivimos en una cultura donde constantemente nos
invitan a destacar por encima de los demás. Tener más seguidores, más
reconocimiento, más éxito, más aplausos. Incluso en la iglesia está la señora
que quiere cantar el salmo ‘más bonito’ o el monitor que hasta critica al
sacerdote por algo que dijo en la homilía.
Pero el Evangelio nunca ha sido sobre formar
‘estrellas’, se ha tratado de formar discípulos. Y un discípulo entiende que el
Reino de Dios no se construye solo.
Tenemos el ejemplo de Jesús, él pudo haber
anunciado el Evangelio completamente solo, pero en vez de avanzar por su
cuenta, llamó a doce apóstoles. Después envió a setenta y dos discípulos, fundó
una Iglesia y creó una comunidad.
Hemos llegado a olvidar algo muy importante: La fe
nunca fue pensada para vivirse en aislamiento.
A veces creemos que ser un buen católico consiste
únicamente en ir a misa, rezar y procurar no hacer cosas malas. Pero Cristo fue
mucho más allá. Nos pidió anunciar el Evangelio, servir a los demás y
caminar juntos. En esta época de grandes torneos deportivos se podría decir: pasar
el balón.
Porque de nada sirve que tengas muchos talentos si
solo los utilizas para ti. Puedes cantar increíble, pero si nunca ayudas a
animar una misa o un retiro, ese talento se queda guardado. Puedes saber
muchísimo de la Biblia, pero si nunca acompañas a alguien que tiene dudas sobre
Dios, ese conocimiento no produce fruto.
Puedes tener un corazón generoso, pero si nunca
compartes tu tiempo con quien lo necesita, tu fe termina jugándose en la banca.
San Pablo lo explicó de una manera hermosa cuando
comparó a la Iglesia con un cuerpo. “Así como el cuerpo es uno y tiene
muchos miembros... así también Cristo” (1
Corintios 12,12). No todos somos la misma parte, no todos tenemos el
mismo talento, pero todos somos necesarios.
En un equipo de fútbol hay delanteros, defensas,
porteros y mediocampistas. Todos cumplen una función distinta. Imagínate
un partido donde los once quisieran ser delanteros, ¡sería un desastre! Lo
mismo ocurre en la Iglesia.
Hay quienes evangelizan, quienes cantan, quienes
enseñan catequesis, quienes visitan enfermos, quienes organizan actividades,
quienes simplemente escuchan y acompañan.
¡Todos son importantes! Y todos juegan para el
mismo equipo. El Papa León XIV nos recuerda que la vida cristiana no
consiste en lucirse, sino en aprender a jugar para el bien común.
Porque el verdadero triunfo no es que una sola
persona anote el gol, es que todo el equipo llegue a la meta. Así que la
próxima vez que veas un partido importante, fíjate en algo más que los goles.
Observa cómo se comunican, cómo se apoyan, cómo
celebran juntos, cómo uno corre para que otro pueda anotar. Y lo más
importante pregúntate: ¿Estoy jugando solo mi partido... o estoy ayudando
a que otros también lleguen a Cristo?
Porque al final, el mejor equipo no siempre es el
que tiene más figuras, es el que aprendió a jugar unido. Y en ese
equipo... Cristo siempre lleva el gafete de capitán. AP
No hay comentarios.:
Publicar un comentario