lunes, 10 de agosto de 2026

Noche en la ciudad…

Semáforos parpadean, alguien corre para no perder el último camión, una patrulla detiene a otro. El ruido nunca duerme.
En medio de ese escenario, resuena la voz del Papa: la esperanza cristiana no es evasión, sino decisión. No se trata de cerrar los ojos al dolor, ni de buscar refugio en ilusiones pasajeras. Es elegir, cada día, amar con libertad.
Jesús, en Getsemaní, no huyó ni se escondió. Se adelantó y dijo: «Soy yo». Esa es la lógica del Evangelio: no protegerse primero, sino dejar libres a los demás; no acumular seguridades, sino confiar en que el amor sostiene hasta en la oscuridad.
La esperanza cristiana no se juega en un discurso, sino en los gestos sencillos:
·        En el médico que atiende con paciencia aun cuando el cansancio lo vence.
·        En la madre que se levanta a las cuatro para preparar el lunch sin quejarse.
·        En el joven que, a pesar de sus caídas, vuelve a empezar.
·        En el trabajador que, en vez de evadir la realidad dura, decide perseverar en el amor.
La ciudad está llena de gente que huye desnuda de certezas, como aquel joven del Evangelio, pero también de quienes vuelven a vestirse de esperanza para anunciar que la vida no termina en la tumba.
El Papa nos recuerda que la esperanza no es un escape, es resistencia en el amor. Una decisión urbana y cotidiana. Basta con elegir cada día amar con libertad.
“En esto consiste la verdadera esperanza: no en tratar de evitar el dolor, sino en creer que, incluso en el corazón de los sufrimientos más injustos, se esconde la semilla de una nueva vida”. RM

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