Pedimos que termine la guerra, que unos familiares se reconcilien, que un
niño enfermo recupere la salud, que haya buenas cosechas. Parece, sin
embargo, que nada ocurre, como si Dios guardase silencio: sigue la guerra,
aumenta el pleito en la familia, el niño no se cura, las cosechas son malas.
Surge
entonces la pregunta: ¿será que Dios no me escucha porque estoy rezando mal?
Esa pregunta despierta una duda: ¿Dios no da algo bueno porque yo rezo mal?
Sea cual sea la ‘calidad’ de mi oración, ¿no podría Dios intervenir y ayudar a
quienes lo necesitan? La duda refleja que vemos a Dios como alguien que da
regalos a los que se portan bien y rezan como hay que rezar, y que no los da si
nuestra oración es imperfecta o si tenemos pecados que impiden que Dios nos
escuche.
Pero esa duda implica un modo equivocado de pensar en Dios, como si sus
intervenciones en la historia humana dependieran de la calidad de quienes le
piden ayuda y protección. La duda sobre nuestro modo de rezar se convierte
en una duda sobre Dios, una duda extraña, porque intuimos que Dios no puede
dejar de ayudar a unos por culpa de la mala oración de otros. No resulta
fácil salir de esa duda, sobre todo porque sentimos una pena inmensa ante los
soldados que mueren en el frente, ante la familia que se desgasta en una lucha
continua, ante el niño enfermo, ante el hambre que amenaza a miles de
personas.
Es cierto que necesitamos rezar ‘correctamente’. Nos viene a la mente un
texto del Nuevo Testamento: “No tenéis
porque no pedís. Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de
malgastarlo en vuestras pasiones” (St 4,2?3).
Otros textos hablan de la queja del orante, que sabe que alza a Dios sus
oraciones con las manos limpias, pero que también se siente confundido al ver
que Dios no actúa. Nos encontramos quizá ante un misterio. Estamos seguros
de que Dios desea ayudar a sus hijos. Creemos que nuestra oración, aunque
imperfecta, pide algo bueno para quienes lo necesitan.
Pero no comprendemos ese ‘silencio de Dios’ ante tanto dolor
humano. Tal vez sea el momento de mirar a la Cruz de Cristo, y descubrir
que, en medio del dolor del Hijo inocente, y ante el silencio del Padre, se
abre un misterio que solo adquiere sentido cuando recibimos la gran noticia de
la Pascua... FP
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