Según san
Agustín, si el camino resulta agradable, el peregrino no ama la patria. En
cambio, si la patria es amable, la peregrinación se convierte en una
experiencia dolorosa.
La tierra está
llena de multitud de aventuras y sensaciones. A veces nos sentimos tan a gusto
que dejamos de lado cualquier preocupación por lo que ocurrirá al otro lado de
la frontera.
Es hermoso, sí,
el camino de la vida. Montañas y valles, mares y ríos, águilas y gorriones. Mil
experiencias nos hacen disfrutar del sol, de una caricia, del suave viento o de
la mirada serena del abuelo.
Nos gustaría
que todo quedase así, inmóvil, bello, como una fotografía. Es entonces cuando
buscamos convertir el camino en una meta: olvidamos que vamos hacia la patria
eterna.
Pero nada
permanece en esta tierra mudable e incierta. Hoy termino un examen y mañana
tengo que empezar a estudiar otra materia. Ayer me enamoré locamente, y en unos
días me siento desengañado o descubro que todo fue un fuego de artificio.
Cuando uno se casa, la luna de miel corre tan rápido que apenas queda tiempo
para descubrir que ya está por nacer el primer hijo. Cuando nace, hay que
correr para cuidarlo, llevarlo a la escuela, darle lo que necesita, protegerle
de los malos amigos, ayudarle a pagar sus estudios universitarios, y...
Todo pasa. Los
novios de ayer son los abuelos de mañana. El coche último modelo en poco tiempo
se ha convertido en objeto para la historia. Las verduras tan buenas que hoy
compramos en el mercado mañana estarán estropeadas o cocidas.
Queda el espíritu, esa fuerza que nos permite amar
y ser sinceros, esa energía misteriosa que se esconde en nuestro cuerpo y que
no puede ser disecada ni destruida. El espíritu sigue, más allá de las alegrías
y las penas, de las enfermedades o de los placeres más intensos. Ni la
calumnia, ni el fracaso, ni la muerte, pueden destruir ese misterio del
espíritu.
Ser peregrinos es reconocer que estamos de paso,
que la meta está al final de la marcha, que lo que ahora experimentamos es sólo
una etapa del camino.
Sólo después, cuando las velas se recojan, cuando
la barca termine su travesía, descubriremos que estábamos en camino, y que la
patria estaba allá, al otro lado. Patria, sí, porque es el lugar donde está el
Padre, donde Dios espera, con los brazos abiertos, sin cansarse de nuestros
caprichos, nuestros miedos y nuestras penas. Patria, el lugar para el que
nacimos, el sentido de nuestros trabajos, la explicación de la muerte de los
mártires y de la virginidad de quienes dan a Dios ese poco de una vida pasajera.
Patria: es hermoso pensar en ella, mientras el
reloj sigue su marcha fugitiva, mientras las estrellas (caducas en el cielo
inmenso) se apagan poco a poco y dejan paso a la luz de un alba eterna. FP
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