Estamos tan familiarizados con la cruz del
Calvario que ya no nos causa impresión alguna. La costumbre lo domestica y lo
«rebaja» todo. Por eso es bueno recordar algunos aspectos demasiado olvidados
del Crucificado.
Empecemos por decir que Jesús no ha muerto de
muerte natural. Su muerte no ha sido la extinción esperada de su vida
biológica. A Jesús lo han matado violentamente. No ha muerto tampoco víctima de
un accidente casual ni fortuito, sino ajusticiado, después de un proceso
llevado a cabo por las fuerzas religiosas y civiles más influyentes de aquella
sociedad.
Su muerte ha sido consecuencia de la reacción que
provocó con su actuación libre, fraterna y solidaria con los más pobres y
abandonados de aquella sociedad.
Esto quiere decir que no se puede vivir el
evangelio impunemente. No se puede construir el reino de Dios, que es reino de
fraternidad, libertad y justicia, sin provocar el rechazo y la persecución de
aquellos a los que no interesa cambio alguno. Imposible la solidaridad con los
indefensos sin sufrir la reacción de los poderosos.
Su compromiso por crear una sociedad más justa y
humana fue tan concreto y serio que hasta su misma vida quedó comprometida. Y,
sin embargo, Jesús no fue un guerrillero, ni un líder político, ni un fanático
religioso. Fue un hombre en el que se encarnó y se hizo realidad el amor
insondable de Dios a los hombres.
Por eso ahora sabemos cuáles son las fuerzas que
se sienten amenazadas cuando el amor verdadero penetra en una sociedad, y cómo
reaccionan violentamente tratando de suprimir y ahogar la actuación de quienes
buscan una fraternidad más justa y libre.
El evangelio siempre será perseguido por quienes
ponen la seguridad y el orden por encima de la fraternidad y la justicia (fariseísmo).
El reino de Dios siempre se verá obstaculizado por toda fuerza política que se
entienda a sí misma como poder absoluto (Pilato). El mensaje del amor será
rechazado en su raíz por toda religión en la que Dios no sea Padre de los que
sufren (sacerdotes judíos).
Seguir a Jesús conduce siempre a la cruz; implica
estar dispuestos a sufrir el conflicto, la polémica, la persecución y hasta la
muerte. Pero su resurrección nos revela que, a una vida crucificada, vivida
hasta el final con el espíritu de Jesús, solo le espera resurrección. JAP
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