Dicen que la esperanza no florece en el asfalto. Pero
hay flores tercas… que nacen entre grietas, sin permiso, sin aplausos, solo por
el puro deseo de vivir.
Así también actúa Cristo en la ciudad: No irrumpe.
No exige. Se asoma por donde casi nadie mira. Entre los rotos, los descartados,
los que ya nadie riega. Y ahí deja un brote. Una sonrisa. Una visita. Un “no
estás sola”.
Porque donde el mundo ve ruinas, Él ve jardín. Porque
la fe no necesita tierra fértil, solo una rendija de alma abierta. Porque
incluso en la grieta más olvidada… Dios florece.
“El desierto y el yermo se alegrarán; la estepa se regocijará y
florecerá como el narciso” (Isaías 35,1) RM
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