¿Te ha
ocurrido?
De pronto
llegas al límite de tus fuerzas. Todo a tu alrededor te dice que debes seguir.
Pero las fuerzas te faltan. Así le ocurrió a Juan Pablo II.
Sus últimas
presentaciones ante los fieles del mundo, fueron dolorosas para él. Quería
hablar y no podía. Se le veía en el rostro un gesto doloroso, un esfuerzo
enorme. Recuerdo que en más de una ocasión le animaron los Católicos
aplaudiéndole y dándole vítores. ¿Qué fuerza le impulsaba? El amor a la
Iglesia. La oración. Su unión plena y vital con Dios. La Eucaristía. Su fe. Su
entrega y aceptación a la voluntad de Dios. La mano amorosa de María, madre de
nuestro Señor.
He aprendido de
él. Ir hasta el final con la obra que Dios te ha encomendado. No ceder. Nunca
rendirse.
¿Qué derecho
tenemos a quejarnos? Ninguno.
Hay que
levantarse y continuar.
Ayer pensé: No puedo continuar. Entonces tomé el rosario en mis manos y empecé a rezar.
Cuánta dulzura. Cuánto amor de parte de Dios, que se hace presente en nuestras vidas. Entonces
pensé: Puedo y debo. Y es lo que haré.
Continuar. Seguir la vida que Dios me dio, con alegría y esperanza.
Hay un salmo
que me encanta y siempre encuentro consuelo en él:
Cuando me
parece que voy a tropezar, tu misericordia Señor me fortalece. Cuando se
multiplican mis preocupaciones, tus consuelos son mi delicia.
A veces, cuando siento que no puedo más,
sencillamente dejo las cosas en las manos de Dios. Él siempre sabe qué hacer.
En ese momento una fuerza interior, surge en mí, un amor tierno y puro, que me
impulsa a seguir, a no desfallecer.
Y vuelvo a empezar, con la alegría de saberme
amado, que soy especial para Dios. CC
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