Dios nos habla
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“Después de la resurrección del Señor, los once discípulos fueron a
Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron
delante de Él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les
dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que
todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he
mandado. Y Yo estaré siempre con ustedes todos los días hasta el fin del
mundo»” (Mt 28,16-20).
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“Hermanos: Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la
gloria, les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita
conocerlo verdaderamente. Que Él ilumine sus corazones, para que ustedes puedan
valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que
encierra su herencia entre los santos, y la extraordinaria grandeza del poder
con que Él obra en nosotros, los creyentes, por la eficacia de su fuerza. Este
es el mismo poder que Dios manifestó en Cristo, cuando lo resucitó de entre los
muertos y lo hizo sentar a su derecha en el cielo, elevándolo por encima de
todo Principado, Potestad, Poder y Dominación, y de cualquier otra dignidad que
pueda mencionarse tanto en este mundo como en el futuro. Él puso todas las
cosas bajo sus pies y lo constituyó, por encima de todo, Cabeza de la Iglesia,
que es su Cuerpo y la Plenitud de aquel que llena completamente todas las
cosas” (Ef 1,17-23).
Reflexión
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“Así como en la solemnidad de Pascua la resurrección del Señor fue para
nosotros causa de alegría, así también ahora su ascensión al cielo nos es un
nuevo motivo de gozo, al recordar y celebrar litúrgicamente el día en que la
pequeñez de nuestra naturaleza fue elevada, en Cristo, por encima de todos los
ejércitos celestiales, de todas las categorías de ángeles, de toda la
sublimidad de las potestades hasta compartir el trono de Dios Padre. Hemos sido
establecidos y edificados por este modo de obrar divino, para que la gracia de
Dios se manifestara más admirablemente, y así, a pesar de haber sido apartada
de la vista de los hombres la presencia visible del Señor, por la cual se
alimentaba el respeto de ellos hacia él, la fe se mantuviese firme, la
esperanza inconmovible y el amor encendido” (San
León Magno, Tratado 74).
Nosotros le
hablamos
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“Dios nuestro, en este día tu Hijo ha subido a los cielos ante la mirada
de los apóstoles; concédenos que, según su promesa, él permanezca siempre con
nosotros en la tierra y nosotros merezcamos vivir con él en el cielo. Que vive
y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de
los siglos” (Oración colecta).
Nuestra vida
cambia
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¿Vivimos alegres por la presencia y cercanía del Señor en nuestras
vidas?
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¿Nos damos cuenta de que Dios quiere hacer maravillas en nosotros?
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