Jesús
solo había actuado dentro de las fronteras de Israel. Eliminado rápidamente por
el representante de Roma y los dirigentes del templo, no había podido hacer
nada más. Sin embargo, rastreando en su vida, los discípulos recordaron dos
cosas muy iluminadoras. Primero, Jesús era capaz de descubrir entre los paganos
una fe más grande que entre sus propios seguidores. Segundo, Jesús no había
reservado su compasión solo para los judíos. El Dios de la compasión es de
todos.
La
escena es conmovedora. Una mujer sale al encuentro de Jesús. No pertenece al
pueblo elegido. Es pagana. Proviene del maldito pueblo de los cananeos, que
tanto había luchado contra Israel. Es una mujer sola y sin nombre. Tal vez es
madre soltera, viuda o ha sido abandonada por los suyos.
Mateo
solo destaca su fe. Toda su vida se resume en un grito que expresa lo profundo
de su desgracia. Viene detrás de los discípulos «gritando». No se detiene ante
el silencio de Jesús ni ante el malestar de sus discípulos. La desgracia de su
hija, poseída por «un demonio muy malo», se ha convertido en su propio dolor:
«Señor, ten compasión de mí».
En
un momento determinado, la mujer alcanza al grupo, detiene a Jesús, se postra
ante él y de rodillas le dice: «Señor, socórreme». No acepta las explicaciones
de Jesús, dedicado a su quehacer en Israel. No acepta la exclusión étnica,
política, religiosa y de sexos en que se encuentran tantas mujeres, sufriendo
soledad y marginación.
Es
entonces cuando Jesús se manifiesta en toda su humildad y grandeza: «Mujer, ¡qué
grande es tu fe!, que se cumpla lo que deseas». La mujer tiene razón. De nada
sirven otras explicaciones. Lo primero es aliviar el sufrimiento. Su petición
coincide con la voluntad de Dios.
¿Qué
hacemos los cristianos de hoy ante los gritos de tantas mujeres solas,
marginadas, maltratadas y olvidadas por la Iglesia? ¿Las dejamos de lado
justificando nuestro abandono por exigencias de otros quehaceres? Jesús no lo
hizo. JAP
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