Calle solitaria al amanecer. El eco de pasos se
mezcla con el rugido lejano del tráfico.
En esta ciudad, todo parece moverse deprisa: la
gente, las noticias, los problemas. Pero hay una Mano que no se mueve, que no
tiembla, que no te suelta. Esa Mano es tu ancla cuando la tormenta golpea, tu
escudo cuando las flechas vuelan, tu descanso cuando el peso es demasiado.
No se trata de ser invencible, sino de no estar
solo en la batalla. Porque aferrarte a Dios no es signo de debilidad, es el
mayor acto de fortaleza que puedes tener.
“El Señor es mi fortaleza y mi escudo; en él confió mi corazón” (Salmo
28:7) RM
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