Después de la Resurrección no todo cambia de
golpe.
La ciudad sigue igual. El trabajo espera. Las
rutinas regresan.
No hay música constante. No hay señales
extraordinarias cada día. Solo… vida.
Y eso puede desconcertar. Porque uno esperaría que después de un momento
así todo fuera distinto. Pero no. La fe no
elimina lo cotidiano. Lo habita. Cristo no vino a sacarnos del mundo. Vino a quedarse en él.
En lo repetido. En lo sencillo. En lo que parece
no tener nada especial. Y ahí…
empieza a hacer algo nuevo.
Cierre
Después de la Resurrección, lo extraordinario aprende a vivir en lo
cotidiano. RM
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