Calles en penumbra. Faroles que parpadean. Almas que no duermen.
La ciudad duerme… o eso parece. Pero en los márgenes, en las esquinas sin
nombre, alguien vela. Alguien reza. Alguien no se rinde.
Son los que creen que la noche
no es el final, que el dolor no tiene la última palabra, que Cristo aún camina por estas calles, aunque
nadie lo note.
Ser centinela del amanecer es mirar hacia el este cuando todo parece
perdido. Es esperar con los pies en el suelo y los ojos al cielo. Es consolar
al que llora en lo oscuro, y recordarle —sin promesas huecas— que el sol vuelve… siempre vuelve.
Porque cuando la ciudad calla, la esperanza murmura en voz baja. Porque
donde todos duermen, Cristo vela… y nosotros con Él.
“El centinela responde: viene la mañana, pero también la noche. Preguntad,
volved a preguntar…” (Isaías 21,12) RM
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