Templo de
barrio. Misa al atardecer. Una señora reza en silencio. Un joven bosteza. El
Padre levanta la hostia… y allá afuera, pasan motos, gritos y ofertas de comidas.
En la
ciudad, Cristo también se transfigura entre bancos de concreto y monaguillos
distraídos.
Pero hoy, algo más flota en el ambiente: la pregunta sobre cómo
debe celebrarse la misa.
Entre latín y guitarras
En algunos
rincones de la ciudad, las misas se celebran en latín, de espaldas al pueblo y
con cantos gregorianos que elevan el alma. En otros, hay guitarras, niños
corriendo y homilías que parecen charlas.
¿Dónde está Cristo? ¿Dónde se siente más? ¿Dónde lo
adoramos mejor?
El debate no es nuevo
La Iglesia
discute hoy —otra vez— sobre la misa tradicional y la misa reformada. Sobre lo
solemne y lo sencillo. Sobre el silencio profundo del rito tridentino y la
cercanía expresiva del Novus Ordo.
Unos
dicen: “el latín es sagrado, no se negocia”.
Otros
responden: “el pueblo necesita entender y participar”.
Algunos
piden incensarios. Otros, pantallas y proyectores.
Y mientras
tanto… Cristo sigue presente.
En cada
altar. En cada hostia. En cada corazón que lo recibe con fe, sin importar si la
misa tiene órgano o altavoz.
El verdadero centro
Quizás el
problema no es la forma… sino la falta de fondo.
Celebramos
la misa con prisa, sin alma, sin asombro.
Llegamos
tarde. Miramos el celular. Cantamos sin pensar.
Nos
arrodillamos sin conciencia. O ya ni nos arrodillamos.
¿Y si el
verdadero reto no es ‘qué misa’ sino cómo
vivimos la misa?
Cristo, el que no se divide
Cristo no
pelea por formas.
Él quiere
entrar en nuestras ciudades y en nuestros templos, con
el corazón abierto del adorador y el alma sedienta del pecador.
Quiere que
lo reconozcamos en el altar… pero también en el pobre que está afuera, en la
calle, esperando una mirada y no un juicio.
Colofón: el incienso que agrada
En la
ciudad, el incienso puede ser de copal o de tráfico.
El canto
puede ser gregoriano o desafinado.
Pero el
único incienso que siempre sube al cielo es el de
un corazón que ama, escucha y se entrega.
No se trata
solo de elegir entre la misa nueva o la antigua.
Se trata de
no perder nunca de vista al que está en el centro: Jesucristo, el Cordero de Dios, el que quita el
pecado del mundo… y camina entre nosotros. RM
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