El espejo roto devolvía más dudas que rostro. Se
acercó con ese andar silencioso de quienes cargan más peso del que se ve. El
agua fría no era un consuelo, pero era un gesto. Un acto sencillo, casi
sagrado. Se lavó la cara como quien lava el alma. No para estar limpio, sino
para recordar que todavía es alguien.
No había toalla, ni jabón, ni perfume. Sólo sus
manos, el agua, y la decisión de no rendirse. Nadie lo miraba, pero él salió
con la frente alta. Como si ese pequeño acto fuera una victoria. Como si ese
baño fuera un templo. Como si ese rostro recuperado fuera una señal de que aún
hay dignidad donde todo parece perdido.
El agua no quitó el cansancio, pero sí le devolvió
el rostro. Había algo de Cristo en su manera de resistir. RM
No hay comentarios.:
Publicar un comentario