Mt 22, 1-14
Al
parecer, la parábola del banquete fue muy popular entre las primeras
generaciones cristianas, y ha quedado recogida en Lucas, Mateo e incluso en el
evangelio apócrifo de Tomás. Las versiones son tan diferentes y las aplicaciones
que se extraen tan diversas que solo nos podemos aproximar a los elementos
esenciales del relato original.
Dios
está preparando una fiesta final para todos sus hijos, pues a todos los quiere
ver sentados, junto a él, en torno a una misma mesa, disfrutando para siempre
de una vida plena. Esta fue ciertamente una de las imágenes más queridas por
Jesús para «sugerir» el final último de la historia humana. No se contentaba
solo con decirlo con palabras. Se sentaba a la mesa con todos, y comía hasta
con pecadores e indeseables, pues quería que todos pudieran ver plásticamente
algo de lo que Dios deseaba llevar a cabo.
Por
eso Jesús entendió su vida como una gran invitación en nombre de Dios. No
imponía nada, no presionaba a nadie. Anunciaba la buena noticia de Dios,
despertaba la confianza en el Padre, quitaba los miedos, encendía la alegría y
el deseo de Dios. A todos debía llegar su invitación, sobre todo a los más
necesitados de esperanza.
Jesús
era realista. Sabía que la invitación podía ser rechazada. En la versión de
Mateo se describen diversas reacciones. Unos la rechazan de manera consciente:
«No quisieron ir». Otros responden con la indiferencia: «No hicieron caso». Les
importan más sus tierras y negocios. Hubo quienes reaccionaron de manera hostil
contra los criados.
Son
muchos los que ya no escuchan llamada alguna de Dios. Les basta con responder
de sí mismos ante sí mismos. Sin ser tal vez muy conscientes de ello, viven una
existencia «solitaria», encerrados en un monólogo perpetuo consigo mismos. El
riesgo siempre es el mismo: vivir cada día más sordos a toda llamada que pueda
transformar de raíz su vida.
Tal
vez una de las tareas más importantes de la Iglesia sea hoy crear espacios y
facilitar experiencias donde las personas puedan escuchar de manera sencilla,
transparente y gozosa la invitación de Dios proclamada en el evangelio de
Jesús. JAP
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