Calle transitada. Una acera. Silencio entre ruido. A veces, orar no es
hablar mucho, sino sostener la fe cuando todo tiembla. Y seguir creyendo aunque
no haya señales. Aunque las puertas sigan cerradas. Aunque la respuesta aún no
llegue.
Porque Dios no olvida las oraciones que se hacen con lágrimas ni los
suspiros que nadie escucha.
Cree. Aunque sea con un hilo de esperanza.
Espera. Aunque el tiempo parezca injusto.
Confía. Aunque no entiendas el porqué.
El milagro no siempre llega cuando tú lo decides… pero siempre llega cuando
tu corazón está listo para recibirlo.
“Y
todo lo que pidan en oración, creyendo, lo recibirán” (Mateo 21,22)
Señor, abre las puertas correctas. Las que llevan a paz, no a ansiedad. A
propósito, no a prisa. Y que mientras tanto, sepamos esperar… sin perder la fe. RM
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