Pocas
frases habrán sido tan citadas como esta que el evangelio de Juan pone en
labios de Jesús. Los autores ven en ella un resumen de lo esencial de la fe,
tal como se vivía entre no pocos cristianos a comienzos del siglo II: «Tanto
amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único».
Dios
ama al mundo entero, no solo a aquellas comunidades cristianas a las que ha
llegado el mensaje de Jesús. Ama a todo el género humano, no solo a la Iglesia.
Dios habita en todo ser humano acompañando a cada persona en sus gozos y
desgracias. A nadie deja abandonado, pues tiene sus caminos para encontrarse
con cada cual, sin que tenga que seguir necesariamente los que nosotros le
marcamos. Jesús le veía cada mañana «haciendo salir su sol sobre buenos y
malos».
Dios
no sabe ni quiere ni puede hacer otra cosa sino amar, pues en lo más íntimo de
su ser es amor. Por eso dice el evangelio que ha enviado a su Hijo, no para
«condenar al mundo», sino para que «el mundo se salve por medio de él». Ama el
cuerpo tanto como el alma, y el sexo tanto como la inteligencia. Lo único que
desea es ver ya, desde ahora y para siempre, a la humanidad entera disfrutando
de su creación.
Este
Dios sufre en la carne de los hambrientos y humillados de la tierra; está en
los oprimidos defendiendo su dignidad, y en los que luchan contra la opresión
alentando su esfuerzo. Está siempre en nosotros para «buscar y salvar» lo que
nosotros estropeamos y echamos a perder.
Dios
es así. Nuestro mayor error sería olvidarlo. Más aún. Encerrarnos en nuestros
prejuicios, condenas y mediocridad religiosa, impidiendo a la gente cultivar
esta fe primera y esencial. ¿Para qué sirven los discursos de los teólogos,
moralistas, predicadores y catequistas si no despiertan la alabanza al Creador,
si no hacen crecer en el mundo la amistad y el amor, si no hacen la vida más
bella y luminosa, recordando que el mundo está envuelto por los cuatro costados
por el amor de Dios? JAP
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