Según
Aristóteles, un sabio no se entristece cuando se le indica que ha cometido un
error, porque al ser corregido experimenta la alegría de acercarse a la verdad.
Sin
embargo, en ocasiones nos cuesta reconocer que estábamos equivocados, como si
eso fuese una especie de derrota.
Pero
si nos damos cuenta de que ser corregidos de un error implica superarlo y
avanzar hacia la verdad, entonces seremos capaces de sentir una gran alegría
ante quienes nos corrigen.
Como
seres humanos, aceptamos miles de ideas, algunas equivocadas, otras dudosas.
Algunas no solo son erróneas, sino que llegan a ser dañinas para nosotros
mismos (si tomamos malas decisiones) o para otros.
Así,
quizá pensábamos que esta pastilla era buena para la salud, cuando nos causaba
daño. O que este amigo era sincero, cuando nos engañaba. O que este gobernante
iba a promover el bien del Estado, cuando lo estaba arruinando.
Cada
vez que superamos errores como estos, el alma se aparta de lo falso, de lo que
nos había aprisionado a la mentira, para empezar a ser libres.
Ese
era uno de los grandes mensajes de Sócrates: no condescender nunca con la
falsedad, para así caminar siempre hacia lo que nos permita conocer la verdad
de las cosas.
Ese
es también uno de nuestros mayores deseos: abrirnos a verdades que puedan guiar
correctamente nuestros pensamientos, palabras y acciones.
Hoy
leeré nuevas ‘noticias’, o escucharé nuevos ‘datos’, o quizá yo mismo
reflexione sobre un tema hasta llegar a ciertas conclusiones.
De
nada me sirven noticias, datos o conclusiones que sean falsas. Por eso, será
siempre bueno que alguien se acerque, me abra los ojos y me ayuda a ver mi
error.
Entonces,
como enseñaba Aristóteles, sentiré una inmensa gratitud por su corrección, y
junto a otros buscaré verdades que guíen mi mente y mis decisiones hacia metas
verdaderas y buenas. FP
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