Dios nos habla
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“Jesús dijo a sus apóstoles: No teman a los hombres. No hay nada oculto
que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo
les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído,
proclámenlo desde lo alto de las casas. No teman a los que matan el
cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar
el alma y el cuerpo al infierno. ¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas
monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento
del Padre de ustedes que está en el cielo. También ustedes tienen contados
todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos
pájaros. Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo los
reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre
que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres” (Mt 10,26-33).
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“Dijo el profeta Jeremías: Oía los rumores de la gente: «¡Terror por
todas partes! ¡Denúncienlo! ¡Sí, lo denunciaremos!» Hasta mis amigos más
íntimos acechaban mi caída: «Tal vez se lo pueda seducir; prevaleceremos sobre
él y nos tomaremos nuestra venganza». Pero el Señor está conmigo como un
guerrero temible: por eso mis perseguidores tropezarán y no podrán prevalecer;
se avergonzarán de su fracaso” (Jer
20,11ss).
Reflexión
“Si mediante la señal de la
cruz y la fe en Cristo conculcamos la muerte, habrá que concluir, a juicio de
la verdad, que es Cristo y no otro quien ha conseguido la palma y el triunfo
sobre la muerte, reduciéndola casi a la impotencia. Si además añadimos que la
muerte —antes prepotente y, en consecuencia, terrible—, es despreciada a raíz
de la venida del Salvador, de su muerte corporal y de su resurrección, es
lógico deducir que la muerte fue aniquilada y vencida por Cristo, al ser él
izado en la cruz” (San Atanasio de Alejandría, Tratado sobre la encarnación del Verbo).
Nosotros le hablamos
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“Mi oración sube hasta ti, Señor, en el momento favorable: respóndeme,
Dios mío, por tu gran amor, sálvame, por tu fidelidad” (Salmo 68).
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“Concédenos, Señor y Dios nuestro, vivir siempre en el amor y respeto a
tu santo nombre, ya que en tu providencia nunca abandonas a quienes estableces
en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que
vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos
de los siglos” (Oración Colecta).
Nuestra vida cambia
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¿Recurrimos confiadamente a Dios ante nuestros temores? ¿Los ponemos en
sus manos?
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¿Vivimos en el amor de Dios, que nunca nos abandona?
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