Las
fuentes cristianas presentan a Jesús dedicado a liberar a la gente del miedo.
Le apenaba ver a las personas aterrorizadas por el poder de Roma, intimidadas
por las amenazas de los maestros de la ley, distanciadas de Dios por el miedo a
su ira, culpabilizadas por su poca fidelidad a la ley. De su corazón, lleno de
Dios, solo podía brotar un deseo: «No tengáis miedo». Son palabras de Jesús que
se repiten una y otra vez en los evangelios. Las que más se deberían repetir
también hoy en su Iglesia.
El
miedo se apodera de nosotros cuando en nuestro corazón crece la desconfianza,
la inseguridad o la falta de libertad interior. Este miedo es el problema
central del ser humano, y solo nos podemos liberar de él arraigando nuestra
vida en un Dios que solo busca nuestro bien.
Así
lo veía Jesús. Por eso se dedicó, antes que nada, a despertar la confianza en
el corazón de las personas. Su fe profunda y sencilla era contagiosa: si Dios
cuida con tanta ternura de los gorriones del campo, los pájaros más pequeños de
Galilea, ¿cómo no va a cuidar de vosotros? Para Dios sois más importantes y
queridos que todos los pájaros del cielo. Un cristiano de la primera generación
recogió bien su mensaje: «Descargad en Dios todo agobio, que a él le interesa
vuestro bien».
Con
qué fuerza hablaba Jesús a cada enfermo: «Ten fe. Dios no se ha olvidado de
ti». Con qué alegría los despedía cuando los podía ver curados: «Vete en paz.
Vive bien». Era su gran deseo. Que la gente viviera con paz, sin miedos ni
angustias: «No os juzguéis, no os condenéis mutuamente, no os hagáis daño.
Vivid de manera amistosa».
Son
muchos los miedos que hacen sufrir en secreto a las personas. El miedo hace
daño, mucho daño. Donde crece el miedo se pierde de vista a Dios y se ahoga la
bondad que hay en el corazón de las personas. La vida se apaga, la alegría
desaparece.
Una
comunidad de seguidores de Jesús ha de ser, antes que muchas otras cosas, un
lugar donde la gente se libera de sus miedos y aprende a vivir confiando en
Dios. Una comunidad donde se respira una paz contagiosa y se vive una amistad
entrañable que hacen posible escuchar hoy la llamada de Jesús: «No tengáis
miedo». JAP
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