En medio del ruido, nace una oración sencilla pero potente: “No me voy a rendir nunca.
Ayúdame, mi Dios”.
Porque rendirse sería aceptar que el dolor tiene la
última palabra. Y no es así.
Cuando las fuerzas faltan, su gracia se multiplica.
Cuando los pies flaquean, Él toma tu mano.
Cuando la esperanza parece apagada, su luz vuelve a
encenderla.
Hoy, tu oración puede ser resistencia, tu fe puede
ser refugio, tu confianza puede ser semilla de un nuevo comienzo.
“El Señor es mi fortaleza y mi
escudo; en Él confía mi corazón y soy ayudado” (Salmo 28,7) RM
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