Semáforo
en rojo, lluvia cayendo sobre el parabrisas. Afuera, la ciudad corre sin
detenerse, pero adentro del alma hay un suspiro que se escapa: “Gracias Dios,
por no dejarme”.
Porque
hay días en que los problemas pesan, los amigos fallan y hasta la fe parece
frágil… y, aun así, descubres que no caminas solo. Él sigue allí, firme,
sosteniendo tus pasos, guardando tus noches, levantándote en tus caídas.
Ese
‘gracias’ no es una palabra ligera: es el reconocimiento de que, incluso en la
curva más difícil, Su mano no se soltó.
“Aunque camine
por cañadas oscuras, nada temo, porque Tú vas conmigo” (Salmo 23,4). RM
No hay comentarios.:
Publicar un comentario