lunes, 21 de septiembre de 2026

La gratitud que sana…

Jesús camina por los bordes: entre Samaría y Galilea, entre lo puro y lo impuro, entre lo que el mundo mira y lo que prefiere ignorar. Allí lo esperan diez leprosos. No pueden acercarse, no pueden tocar, no pueden vivir como los demás. Desde lejos gritan: “¡Jesús, Maestro, ¡ten compasión de nosotros!”

Y Jesús los ve. No los evita, no los condena. Los ve. Esa mirada basta para devolverles dignidad. No les promete milagros inmediatos; les da una dirección: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”.

La fe no se quedó quieta: caminaron, y mientras iban, quedaron limpios. Pero sólo uno regresó. Un samaritano, un extranjero, el menos esperado. Volvió, se postró y dio gracias. Jesús lo mira y dice: “¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están?” “Levántate y vete; tu fe te ha salvado”.

Reflexión

En la ciudad, todos hemos tenido nuestras lepras: heridas, fracasos, miedos, vergüenzas que nos hacen mantener distancia. Y también hemos gritado, a veces sin voz: “¡Señor, ten compasión de mí!”. Jesús sigue pasando por nuestras calles —entre avenidas, hospitales, oficinas y semáforos— mirando con la misma ternura que sanó a aquellos hombres. Nos invita a caminar, a confiar, a sanar en el trayecto.

Pero luego viene el paso más difícil: volver. Volver a dar gracias. Volver al corazón. Volver a Dios.

Porque no basta con ser sanados del cuerpo, si el alma sigue vacía. El samaritano entendió que la fe no termina cuando uno recibe: comienza cuando uno agradece. La gratitud es el acto más puro de humildad y de libertad: reconoce que todo lo bueno viene de Dios y se convierte en servicio.

Preguntas para el corazón

¿Cuántas veces hemos sido los leprosos que piden ayuda… y cuántas veces el samaritano que regresa a agradecer? ¿Nos hemos quedado con la bendición, o hemos vuelto al Dador? ¿Vivimos pidiendo, o vivimos agradeciendo?

“Levántate y vete; tu fe te ha salvado” (Lucas 17, 19) RM

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