Y Jesús los ve. No los evita, no los condena.
Los ve.
Esa mirada basta para devolverles dignidad. No les promete milagros inmediatos;
les da una dirección: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”.
La fe no se quedó quieta: caminaron, y mientras iban,
quedaron limpios. Pero sólo uno regresó. Un samaritano, un extranjero, el menos
esperado. Volvió, se postró y dio gracias. Jesús lo mira y dice: “¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve,
¿dónde están?” “Levántate y vete; tu fe te ha salvado”.
Reflexión
En la ciudad, todos hemos tenido nuestras lepras:
heridas, fracasos, miedos, vergüenzas que nos hacen mantener distancia. Y
también hemos gritado, a veces sin voz: “¡Señor, ten compasión de mí!”. Jesús
sigue pasando por nuestras calles —entre avenidas, hospitales, oficinas y
semáforos— mirando con la misma ternura que sanó a aquellos hombres. Nos invita
a caminar, a confiar, a sanar en el trayecto.
Pero luego viene el paso más difícil: volver. Volver a dar gracias. Volver
al corazón. Volver a Dios.
Porque no basta con ser sanados del cuerpo, si el
alma sigue vacía. El samaritano entendió que la fe no termina cuando
uno recibe: comienza cuando uno agradece. La gratitud es el acto más
puro de humildad y de libertad: reconoce que todo lo bueno viene de Dios y se convierte en servicio.
Preguntas para el corazón
¿Cuántas veces hemos sido los leprosos que piden
ayuda… y cuántas veces el samaritano que regresa a agradecer? ¿Nos hemos quedado con la bendición, o hemos vuelto al Dador? ¿Vivimos
pidiendo, o vivimos agradeciendo?
“Levántate y vete; tu fe te ha
salvado” (Lucas 17,
19) RM
No hay comentarios.:
Publicar un comentario