Cada
vez estoy más convencido de que muchos de los que se dicen ateos son hombres y
mujeres que, cuando rechazan a Dios, están rechazando en realidad un «ídolo
mental» que se fabricaron cuando eran niños. La idea de Dios que llevan en su
interior y con la que han vivido durante algunos años se les ha quedado
pequeña. Llegado un momento, ese Dios les ha resultado un ser tan extraño,
incómodo y molesto que han prescindido de él.
No
me cuesta nada comprender a estas personas. Dialogando con alguna de ellas he
recordado más de una vez aquellas certeras palabras del patriarca Máximos IV
durante el Concilio: «Yo tampoco creo en el dios en que los ateos no creen». En
realidad, el dios que algunos han suprimido de sus vidas es una caricatura que
se han formado falsamente de él. Si han vaciado su alma de ese «dios falso»,
¿no será para dejar sitio algún día al Dios verdadero?
Pero
¿cómo puede hoy una persona encontrarse con Dios? Si se acerca a los que nos
decimos creyentes, es fácil que nos encuentre rezando, no al Dios verdadero,
sino a un pequeño ídolo sobre el que proyectamos nuestros intereses, miedos y
obsesiones. Un Dios del que pretendemos apropiarnos y al que intentamos
utilizar para nuestro provecho, olvidando su inmensa e incomprensible bondad
con todos.
Jesús
rompe todos nuestros esquemas cuando nos presenta en la parábola del «señor de
la viña» a ese Dios que «da a todos su denario», lo merezcan o no, y dice así a
los que protestan: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?».
Dios
es bueno con todos, lo merezcan o no, sean creyentes o ateos. Su bondad
misteriosa está más allá de la fe de los creyentes y de la increencia de los
ateos.
Lo
que hemos de hacer es olvidarnos de nuestros esquemas, hacer silencio en nuestro
interior, escuchar hasta el fondo la vida que palpita en nosotros… y esperar,
confiar, dejar abierto nuestro ser. Dios no se oculta indefinidamente a quien
lo busca con sincero corazón. JAP
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