lunes, 24 de abril de 2017

¿Cómo frenar la delincuencia juvenil?


1. Pase tiempo con sus hijos.
2. Dele a sus hijos un buen ejemplo.
3. Proporcióneles ideales para la vida.
4. Planee montones de actividades.
5. Discipline a sus hijos.
6. Enséñeles acerca de Dios.

Sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza. 1 Timoteo 4:12
Instruye al niño en su camino,  y aun cuando fuere viejo no se apartará de él. Proverbios 22:6
Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina e instrucción del Señor. Efesios 6:4
Por tanto, cuídate y guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, y no se aparten de tu corazón todos los días de tu vida; sino que las hagas saber a tus hijos y a tus nietos. Deuteronomio 4:9
Y enseñadlas a vuestros hijos, hablando de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Deuteronomio 11:19
…y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Deuteronomio 6:7
No lo ocultaremos a sus hijos, sino que contaremos a la generación venidera las alabanzas del SEÑOR, su poder y las maravillas que hizo. Salmos 78:4
…y él me enseñaba y me decía: Retenga tu corazón mis palabras, guarda mis mandamientos y vivirás. Proverbios 4:4
Para que te vaya bien, y para que tengas larga vida sobre la tierra. Efesios 6:3
Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten. Colosenses 3:21

Evangelio del Martes 25 de Abril

Día Litúrgico: Martes II (A) de Pascua

Texto del Evangelio (Mc 16,15-20): En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien». 
Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban.

«Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación»

Comentario: Mons. Agustí CORTÉS i Soriano Obispo de Sant Feliu de Llobregat (Barcelona, España)

Hoy habría mucho que hablar sobre la cuestión de por qué no resuena con fuerza y convicción la palabra del Evangelio, por qué guardamos los cristianos un silencio sospechoso acerca de lo que creemos, a pesar de la llamada a la “nueva evangelización”. Cada uno hará su propio análisis y apuntará su particular interpretación.
Pero en la fiesta de san Marcos, escuchando el Evangelio y mirando al evangelizador, no podemos sino proclamar con seguridad y agradecimiento dónde está la fuente y en qué consiste la fuerza de nuestra palabra.
El evangelizador no habla porque así se lo recomienda un estudio sociológico del momento, ni porque se lo dicte la “prudencia” política, ni porque “le nace decir lo que piensa”. Sin más, se le ha impuesto una presencia y un mandato, desde fuera, sin coacción, pero con la autoridad de quien es digno de todo crédito: «Ve al mundo entero y proclama el Evangelio a toda la creación» (cf. Mc 16,15). Es decir, que evangelizamos por obediencia, bien que gozosa y confiadamente. 
Nuestra palabra, por otra parte, no se presenta como una más en el mercado de las ideas o de las opiniones, sino que tiene todo el peso de los mensajes fuertes y definitivos. De su aceptación o rechazo dependen la vida o la muerte; y su verdad, su capacidad de convicción, viene por la vía testimonial, es decir, aparece acreditada por signos de poder en favor de los necesitados. Por eso es, propiamente, una “proclamación”, una declaración pública, feliz, entusiasmada, de un hecho decisivo y salvador.
¿Por qué, pues, nuestro silencio? ¿Miedo, timidez? Decía san Justino que «aquellos ignorantes e incapaces de elocuencia, persuadieron por la virtud a todo el género humano». El signo o milagro de la virtud es nuestra elocuencia. Dejemos al menos que el Señor en medio de nosotros y con nosotros realice su obra: estaba «colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban» (Mc 16,20).

domingo, 23 de abril de 2017

24 de Abril - Salomé

Salomé, Santa del Nuevo Testamento
Madre de los Apóstoles Santiago y Juan, 24 de Abril

Martirologio Romano: En Jerusalén, conmemoración de las santas mujeres María de Cleofás y Salomé, que junto con María Magdalena, al amanecer del día de Pascua, se dirigieron al sepulcro del Señor para ungir su cuerpo y allí recibieron el primer anuncio de la Resurrección. (†Siglo I)
Etimológicamente: Salomé = Paz, viene de la lengua hebrea

Un cristiano que pone su confianza en el hombre, no llega a ningún puerto con seguridad y mucho menos al corazón de Dios, el primero al que debemos amar y el primero en el que hay que confiar.
Salomé fue una cristiana de las primeras que se sintió fascinada por la revolución que trajo Cristo al mundo. Pertenece al siglo I. Era la esposa del Zebedeo, uno de los marineros más conocidos de Betsaida, Israel. Era también la madre de dos de los primeros discípulos que el Señor eligió para el ministerio, Santiago y Juan.
Esta mujer no se contentaba con admirar a Jesús simplemente. Se mojó en todo el sentido pleno de la palabra. Lo seguía por todas partes y, además, prestaba un servicio estimable a todos los seguidores de Cristo el Señor.
Ella, como toda madre, quería que sus dos hijos estuvieran uno a la derecha y otro a la izquierda de Jesús. No había comprendido todavía nada del reino que Jesús vino a predicar e implantar en la tierra. Ella soñaba con un Mesías poderoso, aguerrido y triunfador. Después se daría cuenta de todo lo contrario. En el día de la Pasión, ella estaba al pie mismo de la Cruz. Igualmente, lo poco que tuviera de dinero, lo empleó para comprar aromas para embalsamar el cuerpo de Jesús.
Fue también la mujer que se quedó impactada cuando el domingo de Resurrección, al ir a la tumba, la encontró vacía. En el alba de la preciosa mañana en que Cristo resucitó, tuvo la suerte de ver mucho antes que otros que lo que había dicho el Señor se había cumplido tal y como lo dijo.

Enfermedad de Fabry – demoras de más de 10 años en llegar al diagnóstico


Diez años representa una cantidad de tiempo sustancial en la vida de cualquier individuo. Sin embargo, para las personas con Enfermedad de Fabry, es el tiempo promedio que transcurren desde el inicio de los síntomas hasta que un profesional los provea de un diagnóstico preciso. La razón es que es una enfermedad poco frecuente (EPOF) con una sintomatología visible muy particular, lo que genera que los médicos no la sospechen y que la confundan con otras afecciones más comunes, como la fibromialgia, artritis o fiebre reumática. 
De esta manera, los pacientes deambulan de consultorio en consultorio, sin que nadie resuelva la patología de base ni dé en el clavo para ayudarlos a aminorar sus dolores y a detener el daño interno que les está produciendo la enfermedad. Algunos de los síntomas que la caracterizan son dolor quemante en pies y manos (siendo ésta en general la primera manifestación de la enfermedad), trastornos gastrointestinales, ausencia de sudoración (lo que genera sofocones), afecciones cardíacas, cerebrovasculares y/o renales. 
Durante abril, se conmemora en todo el mundo el ‘Mes de la Enfermedad de Fabry’, durante el cual se busca especialmente generar conciencia sobre esta patología para que más pacientes puedan acceder rápidamente a un diagnóstico y a su respectivo tratamiento. El Dr. Ricardo Reisin, Jefe de Neurología del Hospital Británico de Buenos Aires explicó que “se trata de una afección que se caracteriza por la deficiencia de una enzima, lo que genera que se acumulen sustancias en los lisosomas de las células y que progresivamente se generen perjuicios en la salud de las personas”. 
Por su parte la Dra. Paula Rozenfeld, bioquímica investigadora del CONICET, sostuvo que la Enfermedad de Fabry como toda enfermedad poco frecuente, está subdiagnosticada. “Existe un retraso diagnóstico, es decir, los pacientes reciben su diagnóstico luego de alrededor de 10 a 20 años del inicio de los síntomas. Sufren lo que llamamos la “odisea diagnóstica”, un peregrinar por varios especialistas sin obtener respuesta. Para mejorar esta situación es indispensable que la comunidad médica conozca la Enfermedad de Fabry para que pueda pensarla y derivar al paciente a realizarse los estudios”. 
“En niños y adolescentes, se debe sospechar la enfermedad y concurrir al pediatra ante la aparición de dolores tipo ardor, quemazón u hormigueo en palmas de las manos y plantas de los pies, dolores abdominales, cuando no se tolera el ejercicio y/o no se transpira; mientras que en las personas adultas se debe sospechar cuando se presenta hipertrofia cardiaca, insuficiencia renal o proteinuria sin causa aparente, o se padecen isquemias cerebrales en pacientes jóvenes”, refirió el Dr. Reisin, que también es ex presidente de la Asociación Argentina de Estudio de Enfermedad de Fabry y otras enfermedades lisosomales (AADELFA). 
En la medida en que se demore el diagnóstico, el riesgo de estas complicaciones aumenta; en particular se incrementan las posibilidades de padecer insuficiencia cardíaca, infarto agudo de miocardio, insuficiencia renal crónica o accidentes cerebrovasculares. Además, puede afectar la córnea, la piel, la audición, el tracto digestivo y las manos y pies. Una vez sospechada la enfermedad, el médico puede confirmarla mediante un test de diagnóstico para los que se requiere solamente una muestra de sangre, la que debe ser derivada a los centros de referencia especializados de nuestro país.
Afortunadamente, existe un tratamiento que consiste en el reemplazo enzimático, mediante el cual se pueden corregir las manifestaciones. Cuanto antes se diagnostique la patología y se inicie la terapia, mejor será el pronóstico del paciente y su calidad de vida. 
“Lo importante respecto del tratamiento, es que el paciente mantenga sus controles médicos periódicos, para poder chequear que la terapia le está dando el beneficio esperado”, subrayó el Dr. Reisin. Como la Enfermedad de Fabry tiene un origen genético, los especialistas destacan que al diagnosticar cada nuevo caso se debe estudiar al resto de la familia en busca de parientes afectados. “Por cada paciente suelen encontrarse muchos familiares afectados” afirmó la Dra. Rozenfeld, quien también es bioquímica del Instituto de Estudios Inmunológicos y Fisiopatológicos de La Plata, entidad dependiente de la Univ. De La Plata y del CONICET. 
Entre otras instituciones, Belén González Sutil, Directora Ejecutiva de la Fundación Enhué, afirma que “desde la Fundación buscamos acompañar tanto a aquellos que padecen una enfermedad poco frecuente como a sus familiares, brindándoles contención e información necesaria para su bienestar. Durante el mes de abril nos abocamos especialmente a la concientización sobre la Enfermedad de Fabry, para que más médicos y personas de la comunidad en general conozcan esta patología y así podamos entre todos reducir el tiempo vital que transcurre entre la aparición de los primeros síntomas y su diagnóstico”. 
La enfermedad de Fabry se ubica dentro de las enfermedades poco frecuentes (EPOF), un grupo de más de 8 mil patologías que son padecidas por menos de 1 de cada 2.000 habitantes. Se calcula que en Argentina 3.200.000 personas sufren alguna de estas afecciones, lo que representa a 1 de cada 13 individuos. A su vez, impactan directamente en promedio sobre 1 de cada 4 familias. En particular, 1 de cada 40 mil personas padecen la enfermedad de Fabry, y si bien se estima que en nuestro país hay más de mil individuos afectados, solo alrededor del 30% han sido diagnosticados. “Este es un dato duro que refleja la situación de esta patología y de las EPOF en general.
El subdiagnóstico es un factor sobre el que hay que trabajar para corregirlo: es doloroso pensar que tanta gente convive con la enfermedad y sin diagnóstico, mientras que disponemos de armas terapéuticas para su control”, concluyó el Dr. Reisin.

Jesucristo, muestra de la misericordia del Padre


Dios, nuestro Salvador; hizo aparecer su misericordia y su amor por los hombres. Demos gracias a Dios, pues por él abunda nuestro consuelo en esta nuestra peregrinación, en éste nuestro destierro, en ésta vida tan llena aún de miserias.
Antes de que apareciera la humanidad de nuestro Salvador, la misericordia de Dios estaba oculta; existía ya, sin duda, desde el principio, pues la misericordia del Señor es eterna, pero al hombre le era imposible conocer su magnitud. Ya había sido prometida, pero el mundo aún no la había experimentado y por eso eran muchos los que no creían en ella. Dios había hablado, ciertamente, de muchas maneras por ministerio de los profetas. Y había dicho: Sé muy bien lo que pienso hacer con ustedes: designios de paz y no de aflicción. Pero, con todo, ¿qué podía responder el hombre, que únicamente experimentaba la aflicción y no la paz? ¿Hasta cuándo - pensaba- irán anunciando: «Paz, paz», cuando no hay paz? Por ello los mismos mensajeros de paz lloraban amargamente, diciendo: Señor, ¿quién ha dado fe a nuestra predicación? Pero ahora, en cambio, los hombres pueden creer, por lo menos, lo que ya contemplan sus ojos; ahora los testimonios de Dios se han hecho sobremanera dignos de fe, pues, para que este testimonio fuera visible, incluso a los que tienen la vista enferma, el Señor le ha puesto su tienda al sol.
Ahora, por tanto, nuestra paz no es prometida, sino enviada; no es retrasada, sino concedida; no es profetizada, sino realizada: el Padre ha enviado a la tierra algo así como un saco lleno de misericordia; un saco, diría, que se romperá en la pasión, para que se derrame aquel precio de nuestro rescate, que él contiene; un saco que, si bien es pequeño, está totalmente lleno. En efecto, un niño se nos ha dado, pero en este niño habita toda la plenitud de la divinidad. Esta plenitud de la divinidad se nos dio después que hubo llegado la plenitud de los tiempos. Vino en la carne para mostrarse a los que eran de carne y, de este modo, bajo los velos de la humanidad, fue conocida la misericordia divina; pues, cuando fue conocida la humanidad de Dios, ya no pudo quedar oculta su misericordia. ¿En qué podía manifestar mejor el Señor su amor a los hombres sino asumiendo nuestra propia carne? Pues fue precisamente nuestra carne la que asumió, y no aquella carne de Adán que antes de la culpa era inocente.
¿Qué cosa manifiesta tanto la misericordia de Dios como el hecho de haber asumido nuestra miseria? ¿Qué amor puede ser más grande que el del Verbo de Dios, que por nosotros se ha hecho como la hierba débil del campo? Señor, ¿qué es el hombre para que le des importancia, para que te ocupes de él? Que comprenda, pues, el hombre hasta qué punto Dios cuida de él; que reflexione sobre lo que Dios piensa y siente de él.
No te preguntes ya, oh hombre, por qué tienes que sufrir tú; pregúntate más bien por qué sufrió él. De lo que quiso sufrir por ti puedes concluir lo mucho que te estima; a través de su humanidad se te manifiesta el gran amor que tiene para contigo. Cuanto menor se hizo en su humanidad, tanto mayor se mostró en el amor que te tiene, cuanto más se abajó por nosotros, tanto más digno es de nuestro amor. Dios, nuestro Salvador -dice el Apóstol-, hizo aparecer su misericordia y su amor por los hombres. ¡Qué grande y qué manifiesta es esta misericordia y este amor de Dios a los hombres! Nos ha dado una grande prueba de su amor al querer que el nombre de Dios fuera añadido al título de hombre.

Evangelio del Lunes 24 de Abril

Día Litúrgico: Lunes II (A) de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 3,1-8): Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, magistrado judío. Fue éste donde Jesús de noche y le dijo: «Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él». Jesús le respondió: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios». 
Dícele Nicodemo: «¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?». Respondió Jesús: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu. No te asombres de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de lo alto’. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu».

«El que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios»

Comentario: Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM (Barcelona, España)

Hoy, un «magistrado judío» (Jn 3,1) va al encuentro de Jesús. El Evangelio dice que lo hace de noche: ¿qué dirían los compañeros si se enterasen de ello? En la instrucción de Jesús encontramos una catequesis bautismal, que seguramente circulaba en la comunidad del Evangelista.
Hace muy pocos días celebrábamos la vigilia pascual. Una parte integrante de ella era la celebración del Bautismo, que es la Pascua, el paso de la muerte a la vida. La bendición solemne del agua y la renovación de las promesas fueron puntos clave en aquella noche santa.
En el ritual del bautismo hay una inmersión en el agua (símbolo de la muerte), y una salida del agua (imagen de la nueva vida). Se es sumergido con el pecado, y se sale de ahí renovado. Esto es lo que Jesús denomina «nacer de lo alto» o «nacer de nuevo» (cf. Jn 3,3). Esto es “nacer del agua”, “nacer del Espíritu” o “del soplo del viento...”.
Agua y Espíritu son los dos símbolos empleados por Jesús. Ambos expresan la acción del Espíritu Santo que purifica y da vida, limpia y anima, aplaca la sed y respira, suaviza y habla. Agua y Espíritu hacen una sola cosa.
En cambio, Jesús habla también de la oposición de carne y Espíritu: «Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu» (Jn 3,6). El hombre carnal nace humanamente cuando aparece aquí abajo. Pero el hombre espiritual muere a lo que es puramente carnal y nace espiritualmente en el Bautismo, que es nacer de nuevo y de lo alto. Una bella fórmula de san Pablo podría ser nuestro lema de reflexión y acción, sobre todo en este tiempo pascual: «¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6,3-4).

sábado, 22 de abril de 2017

23 de Abril - Teresa María de la Cruz

Teresa María de la Cruz, Beata
Fundadora de la Congregación de Carmelitas de Santa Teresa, 23 de Abril

Martirologio Romano: En Campo Bisenzio, de la Toscana, en Italia, beata Teresa María de la Cruz Menetti, virgen, fundadora de la Congregación de Carmelitas de Santa Teresa († 1910).
Etimológicamente: Teresa = Aquella que es experta en la caza, es de origen griego.

Teresa Adelaida Cesina Manetti nació de humilde familia en San Martino a Campo Bisenzio (Florencia-Italia), el 2 de Marzo de 1846.
Familiarmente le llamaban todos “Bettina”. Quedó huérfana de padre muy pronto y conoció lo dura que era la vida. A pesar de ello, ayudaba a los pobres privándose hasta de lo más necesario.
En 1872, junto con otras compañeras, se retiró a una casita de campo y allí “oraban, trabajaban y reunían a algunas jóvenes para educarlas con buenas lecturas y enseñarles la doctrina cristiana”.
El 16 de Julio de 1876 fueron admitidas a la tercera Orden del Carmen Teresiano y cambió su nombre por el de Teresa María de la Cruz.
El 1877 recibió las primeras huérfanas, cuyo número fue creciendo día a día. Aquellas niñas abandonadas “eran su mejor tesoro”.
El 12 de julio de 1888 las 27 primeras religiosas vistieron el hábito de la Orden de Carmen Descalzo, a la que se habían agregado el 12 de junio de 1885.
El 27 de febrero de 1904 el papa Pío X aprobaba el Instituto con el nombre de “Terciarias carmelitas de Santa Teresa”.
Madre Teresa María vio con gran alegría extenderse el Instituto hasta Siria y el Monte Carmelo de Palestina.
Gozó siempre de muy poca salud y también su espíritu fue duramente probado, por ello le cuadraba muy bien su sobrenombre “de la cruz”. Recorrió valientemente su “calvario”, y con frecuencia, decía: “Tritúrame, Señor, exprímeme hasta la última gota”.
Su caridad no tenía límites. Se entregaba a todos y en todo, olvidándose siempre de sí misma. EI obispo Andrés Casullo, que la conocía bien a fondo, afirmaba de ella: “Se desvivía por hacer el bien”.
Después de pasar por noches oscurísimas de su alma, preparada por la gracia, le llegó la muerte en su mismo pueblo natal el 23 de abril de 1910, mientras repetía una vez más. “Oh Jesús mío, sí quiero padecer más...” Y murmuraba extática: “¡Está abierto!... ya voy”.
Sus escritos, sencillos y profundos a la vez, fueron aprobados el 27 de noviembre 1937.
El papa Juan Pablo II la beatificaba el 19 de octubre de 1986.

No ocultar al Resucitado


María de Magdala ha comunicado a los discípulos su experiencia y les ha anunciado que Jesús vive, pero ellos siguen encerrados en una casa con las puertas atrancadas por miedo a los judíos. El anuncio de la resurrección no disipa sus miedos. No tiene fuerza para despertar su alegría.
El evangelista evoca en pocas palabras su desamparo en medio de un ambiente hostil. Va a «anochecer». Su miedo los lleva a cerrar bien todas las puertas. Sólo buscan seguridad. Es su única preocupación. Nadie piensa en la misión recibida de Jesús.
No basta saber que el Señor ha resucitado. No es suficiente escuchar el mensaje pascual. A aquellos discípulos les falta lo más importante: la experiencia de sentirle a Jesús vivo en medio de ellos. Sólo cuando Jesús ocupa el centro de la comunidad, se convierte en fuente de vida, de alegría y de paz para los creyentes.
Los discípulos «se llenan de alegría al ver al Señor». Siempre es así. En una comunidad cristiana se despierta la alegría, cuando allí, en medio de todos, es posible «ver» a Jesús vivo. Nuestras comunidades no vencerán los miedos, ni sentirán la alegría de la fe, ni conocerán la paz que sólo Cristo puede dar, mientras Jesús no ocupe el centro de nuestros encuentros, reuniones y asambleas, sin que nadie lo oculte.
A veces somos nosotros mismos quienes lo hacemos desaparecer. Nos reunimos en su nombre, pero Jesús está ausente de nuestro corazón. Nos damos la paz del Señor, pero todo queda reducido a un saludo entre nosotros. Se lee el evangelio y decimos que es «Palabra del Señor», pero a veces sólo escuchamos lo que dice el predicador.
En la Iglesia siempre estamos hablando de Jesús. En teoría nada hay más importante para nosotros. Jesús es predicado, enseñado y celebrado constantemente, pero en el corazón de no pocos cristianos hay un vacío: Jesús está como ausente, ocultado por tradiciones, costumbres y rutinas que lo dejan en segundo plano.
Tal vez, nuestra primera tarea sea hoy «centrar» nuestras comunidades en Jesucristo, conocido, vivido, amado y seguido con pasión. Es lo mejor que tenemos. JAP

La vida no es fácil...


Evangelio del Domingo 23 de Abril

Día Litúrgico: Domingo II (A) (B) (C) de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 20,19-31): Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». 
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».
Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».
Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

«Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados»

Comentario: Rev. D. Joan Antoni MATEO i García (La Fuliola, Lleida, España)

Hoy, Domingo II de Pascua, completamos la octava de este tiempo litúrgico, una de las dos octavas —juntamente con la de Navidad— que en la liturgia renovada por el Concilio Vaticano II han quedado. Durante ocho días contemplamos el mismo misterio y tratamos de profundizar en él bajo la luz del Espíritu Santo.
Por designio del Papa San Juan Pablo II, este domingo se llama Domingo de la Divina Misericordia. Se trata de algo que va mucho más allá que una devoción particular. Como ha explicado el Santo Padre en su encíclica Dives in misericordia, la Divina Misericordia es la manifestación amorosa de Dios en una historia herida por el pecado. “Misericordia” proviene de dos palabras: “Miseria” y “Cor”. Dios pone nuestra mísera situación debida al pecado en su corazón de Padre, que es fiel a sus designios. Jesucristo, muerto y resucitado, es la suprema manifestación y actuación de la Divina Misericordia. «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito» (Jn 3,16) y lo ha enviado a la muerte para que fuésemos salvados. «Para redimir al esclavo ha sacrificado al Hijo», hemos proclamado en el Pregón pascual de la Vigilia. Y, una vez resucitado, lo ha constituido en fuente de salvación para todos los que creen en Él. Por la fe y la conversión acogemos el tesoro de la Divina Misericordia.
La Santa Madre Iglesia, que quiere que sus hijos vivan de la vida del resucitado, manda que —al menos por Pascua— se comulgue y que se haga en gracia de Dios. La cincuentena pascual es el tiempo oportuno para el cumplimiento pascual. Es un buen momento para confesarse y acoger el poder de perdonar los pecados que el Señor resucitado ha conferido a su Iglesia, ya que Él dijo sólo a los Apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20,22-23). Así acudiremos a las fuentes de la Divina Misericordia. Y no dudemos en llevar a nuestros amigos a estas fuentes de vida: a la Eucaristía y a la Penitencia. Jesús resucitado cuenta con nosotros.