Pero Dios te mira distinto.
Él no ve tus errores, ve tu historia. No ve tus caídas, ve tu esfuerzo por levantarte. No ve la apariencia, ve el corazón.
Amarte como Dios te ama no es orgullo, es humildad. Es reconocer que fuiste creado con propósito, que tu vida tiene valor aunque nadie la aplauda, y que tu fragilidad no te resta dignidad, la hace
real.
Cada vez que te tratas con ternura, que te perdonas, que te das otra oportunidad, Dios sonríe: porque estás aprendiendo a quererte como Él te
quiere.
“Te amo con amor eterno, por eso te sigo tratando con bondad” (Jer
31,3).
RM
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