Días en que uno no reniega de Dios, pero sí le dice con honestidad: “Señor…
estoy cansado de esperar”.
En esta ciudad que nunca se detiene, donde todos
parecen avanzar mientras uno pelea por no caer, Cristo no se escandaliza por
nuestro cansancio.
Él lo conoce.
Él lo entiende.
Él también caminó hasta agotarse.
Y en medio del ruido, del tráfico, de la prisa
ajena, Cristo se acerca sin exigir nada. No pide entusiasmo, ni sonrisa, ni
fervor. Solo nos susurra: “Descansa en mí. Yo no te apuro”.
Porque a veces el milagro no es que la respuesta
llegue pronto, sino que Dios sostenga el alma mientras llega. RM
No hay comentarios.:
Publicar un comentario