Dios nos habla
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“Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los
saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le
preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de
la Ley?» Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu
corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el
primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo
como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los
Profetas»” (Mt 22,34-40).
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“En todas partes se ha difundido la fe que ustedes tienen en Dios, de
manera que no es necesario hablar de esto. Ellos mismos cuentan cómo ustedes me
han recibido y cómo se convirtieron a Dios, abandonando los ídolos para servir
al Dios vivo y verdadero, y esperar a su Hijo, que vendrá desde el cielo” (1 Tes 1,5-10).
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“Éstas son las normas que el Señor dio a Moisés: No maltratarás al
extranjero ni lo oprimirás, porque ustedes fueron extranjeros en
Egipto. No harás daño a la viuda ni al huérfano… Si tomas en prenda el
manto de tu prójimo, devuélveselo antes que se ponga el sol, porque ese es su
único abrigo…” (Ex 22,20-26).
Reflexión
“Me dispongo a hablar a
vuestra caridad sobre la misma caridad de la que el Señor dijo: Amarás a tu
Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser, y amarás al
prójimo como a ti mismo. Y lo ha querido así porque estos dos
mandamientos sostienen la ley entera y los profetas. Amarás, pues, a tu
Dios y amarás a tu hermano, porque quien ama a su hermano permanece en la
luz y no tropieza. Amaos, pues, carísimos hermanos. Amad a los amigos. Amad
a los enemigos. ¿Qué perderéis por intentar ganar a muchos? Oigamos al mismo
Señor en persona que nos dice en el evangelio: Os doy un mandamiento nuevo:
que os améis unos a otros. La señal por la que conocerán que sois discípulos
míos será que os améis unos a otros.
Mirad cómo amó a todos el
mismo Señor, que nos mandó amarnos unos a otros. Amó a sus discípulos que le
seguían, como a compañeros. Amó a los judíos que le perseguían, como a
enemigos. Predicó a los discípulos el reino de los cielos: ellos lo oyeron, y,
dejándolo todo, le siguieron. Y les dijo: Si hacéis lo que yo os mando, ya
no os llamo siervos, sino amigos.
Eran, pues, amigos los que,
creyendo, hacían lo que les mandaba. Oró por ellos cuando dijo: Padre, éste
es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy y
contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas antes de la fundación
del mundo. Pero, ¿es que oró por los amigos y se olvidó de los enemigos?
Escucha y aprende. En el curso de su pasión, viendo que los judíos se ensañaban
con él, pidiendo a gritos su crucifixión, clamó con voz potente al Padre y
dijo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Como si dijera: Los cegó
su propia maldad, que los perdone tu gran bondad. Y su petición ante el Padre
no cayó en el vacío, pues en lo sucesivo fueron muchos los judíos que creyeron.
Y la sangre que derramaron, crueles, la bebieron, creyentes. Y se convirtieron
en seguidores, los que habían sido perseguidores.
Este es el camino que recorrió
Cristo. Sigámosle, para que nuestro nombre de «cristianos» no carezca de
sentido” (De un antiguo sermón sobre el amor
a Dios y al prójimo).
Nosotros le hablamos
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“Yo te amo, Señor, mi fuerza, Señor, mi Roca, mi fortaleza y mi
libertador” (Salmo 17).
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“Dios todopoderoso y eterno, aumenta nuestra fe, esperanza y caridad, y
para conseguir lo que nos prometes, ayúdanos a amar lo que nos mandas. Por
nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del
Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos” (Oración Colecta).
Nuestra vida cambia
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¿Es el amor a Dios y al prójimo el criterio de mis elecciones?
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