En la vida urbana solemos aferrarnos a todo: al trabajo, al dinero, a los planes que creemos
seguros.
Pero en las manos de Dios, lo que entregamos nunca
se pierde, se transforma.
Lo que hoy parece pequeño, Él lo multiplica.
Lo que pesa, Él lo aligera.
Lo que duele, Él lo convierte en enseñanza.
Y lo que damos con amor, siempre regresa como
bendición.
Confiar en Dios no es soltar al vacío, es entregar a un Padre que sabe cómo obrar.
Su matemática no es de resta ni de pérdida, es de multiplicación y vida abundante.
“Dad, y se os dará: medida buena, apretada, remecida y rebosante” (Lc
6,38).
RM
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