miércoles, 28 de diciembre de 2022

El buey y el asno, junto al pesebre…

Benedicto XVI, cuando aún no era Papa, escribió varios textos dedicados a la Navidad en el libro Imágenes de la esperanza. 
En la cueva de Greccio (Es una pequeña localidad situada en el valle de Rieti, en Umbría, no muy lejos de Roma) se encontraban aquella Nochebuena, conforme a la indicación de san Francisco de Asís, el buey y el asno: «Quisiera evocar con todo realismo el recuerdo del niño, tal y como nació en Belén, y todas las penalidades que tuvo que soportar en su niñez. Quisiera ver con mis ojos corporales cómo yació en un pesebre y durmió sobre el heno, entre un buey y un asno». 
Desde entonces, el buey y el asno forman parte de toda representación del pesebre. Pero, ¿de dónde proceden en realidad? Como es sabido, los relatos navideños del Nuevo Testamento no cuentan nada de ellos. Si tratamos de aclarar esta pregunta, tropezamos con uno hechos importantes para los usos y tradiciones navideños, y también, incluso, para la piedad navideña y pascual de la Iglesia en la liturgia y las costumbres populares. 
El buey y el asno no son simplemente productos de la fantasía piadosa. Gracias a la fe de la Iglesia en la unidad del Antiguo y del Nuevo Testamento, se han convertido en acompañantes del acontecimiento navideño. De hecho, en Isaías 1,3 se dice: Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo. Israel no conoce, mi pueblo no discierne. 
Los Padres de la Iglesia vieron en estas palabras una profecía referida al nuevo pueblo de Dios, la Iglesia constituida a partir de judíos y gentiles. Ante Dios, todos los hombres, judíos y gentiles, eran como bueyes y asnos, sin razón ni entendimiento. Pero el Niño del pesebre les ha abierto los ojos, para que ahora reconozcan la voz de su Dueño, la voz de su Amo. 
En las representaciones navideñas medievales, sorprende continuamente cómo a ambos animales se les dan rostros casi humanos; cómo, de forma consciente y reverente, se ponen de pie y se inclinan ante el misterio del Niño. Esto era lógico, pues ambos animales eran considerados la cifra profética tras la que se esconde el misterio de la Iglesia –nuestro misterio, el de que, ante el Eterno, somos bueyes y asnos–, bueyes y asnos a los que en la Nochebuena se les abren los ojos, para que en el pesebre reconozcan a su Señor. 
Pero, ¿lo reconocemos realmente? Cuando ponemos en el pesebre el buey y el asno, debe venirnos a la mente la palabra entera de Isaías, que no sólo es buena nueva –promesa de conocimiento venidero–, sino también juicio sobre la presente ceguedad. El buey y el asno conocen, pero «Israel no conoce, mi pueblo no discierne». 
¿Quién es hoy el buey y el asno, quién es mi pueblo que no discierne? ¿En qué se conoce al buey y al asno, en qué a mi pueblo? ¿Por qué, de hecho, sucede que la irracionalidad conoce y la razón está ciega? 
Para encontrar una respuesta, debemos regresar una vez más, con los Padres de la Iglesia, a la primera Navidad. 
¿Quién no conoció? ¿Por qué fue así? 
Quien no conoció fue Herodes: no sólo no entendió nada cuando le hablaron del Niño, sino que sólo quedó cegado todavía más profundamente por su ambición de poder y la manía persecutoria que le acompañaba. 
Quien no conoció fue, «con él, toda Jerusalén». Quienes no conocieron fueron los hombres elegantemente vestidos, la gente refinada. Quienes no conocieron fueron los señores instruidos, los expertos bíblicos, los especialistas de la exégesis escriturística, que desde luego conocían perfectamente el pasaje bíblico correcto, pero, pese a todo, no comprendieron nada. 
Quienes conocieron fueron –comparados a estas personas de renombre– bueyes y asnos: los pastores, los magos, María y José. ¿Podía ser de otro modo? En el portal, donde está el Niño Jesús, no se encuentran a gusto las gentes refinadas, sino el buey y el asno. 
Ahora bien, ¿qué hay de nosotros? ¿Estamos tan alejados del portal porque somos demasiado refinados y demasiado listos? ¿No nos enredamos también en eruditas exégesis bíblicas, en pruebas de la inautenticidad o autenticidad del lugar histórico, hasta el punto de que estamos ciegos para el Niño como tal y no nos enteramos de nada de Él? ¿No estamos también demasiado en Jerusalén, en el palacio, encastillados en nosotros mismos, en nuestra arbitrariedad, en nuestro miedo a la persecución, como para poder oír por la noche la voz del ángel, e ir a adorar? 
De esta manera, los rostros del buey y el asno nos miran esta noche y nos hacen una pregunta: Mi pueblo no entiende, ¿comprendes tú la voz del Señor? Cuando ponemos las familiares figuras en el nacimiento, debiéramos pedir a Dios que dé a nuestro corazón la sencillez que en el Niño descubre al Señor –como una vez San Francisco en Greccio–. Entonces podría sucedernos también –de forma muy semejante a san Lucas cuando habla sobre los pastores de la primera Nochebuena–: todos volvieron a casa llenos de alegría. JR

Día litúrgico: Navidad: 29 de Diciembre

Texto del Evangelio (Lc 2,22-35): Cuando se cumplieron los días de la purificación según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.
Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y en él estaba el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al Niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel».
Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».
 
«Han visto mis ojos tu salvación»
 
Comentario: + Rev. D. Joaquim MONRÓS i Guitart (Tarragona, España)
 
Hoy contemplamos la Presentación del Niño Jesús en el Templo, cumpliendo la prescripción de la Ley de Moisés: purificación de la madre y presentación y rescate del primogénito.
La situación la describe san Josemaría Escrivá, en el cuarto misterio de gozo de su libro Santo Rosario, invitando a involucrarnos en la escena: «Esta vez serás tú, amigo mío, quien lleve la jaula de las tórtolas. —¿Te fijas? Ella —¡la Inmaculada!— se somete a la Ley como si estuviera inmunda. ¿Aprenderás con este ejemplo, niño tonto, a cumplir, a pesar de todos los sacrificios personales, la Santa Ley de Dios?
»¡Purificarse! ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación! —Expiar, y, por encima de la expiación, el Amor. —Un amor que sea cauterio, que abrase la roña de nuestra alma, y fuego, que encienda con llamas divinas la miseria de nuestro corazón».
Vale la pena aprovechar el ejemplo de María para ‘limpiar’ nuestra alma en este tiempo de Navidad, haciendo una sincera confesión sacramental, para poder recibir al Señor con las mejores disposiciones. Así, José presenta la ofrenda de un par de tórtolas, pero sobre todo ofrece su capacidad de sacar adelante, con su trabajo y con su amor castísimo, el plan de Dios para la Sagrada Familia, modelo de todas las familias.
Simeón ha recibido del Espíritu Santo la revelación de que no moriría sin ver a Cristo. Va al Templo y, al recibir en sus brazos lleno de alegría al Mesías, le dice: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación» (Lc 2,29-30). En esta Navidad, con ojos de fe contemplemos a Jesús que viene a salvarnos con su nacimiento. Así como Simeón entonó el canto de acción de gracias, alegrémonos cantando delante del belén, en familia, y en nuestro corazón, pues nos sabemos salvados por el Niño Jesús.

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martes, 27 de diciembre de 2022

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Amigdalitis ¿es una enfermedad contagiosa?

La amigdalitis es la inflamación de una o las dos amígdalas. A pesar de ser una infección bastante común existen muchas dudas sobre ella ¿cuáles son sus causas? ¿es contagiosa? ¿qué tratamientos existen? ¿sirven los remedios caseros? Conoce aquí las respuestas a esas preguntas y más. 
La amigdalitis, popularmente conocida como anginas, es una infección que afecta a las amígdalas. Estas son masas de tejido que se encuentran en la parte posterior de la garganta (una a cada lado). 
Las amígdalas, junto al bazo, timo y adenoides, forman el sistema linfático, que se encarga de regular los fluidos corporales y prevenir las infecciones, ya que atrapan a los gérmenes que entran por la boca o nariz. En algunos casos, estos microorganismos infecciosos superan la capacidad de las amígdalas para repelerlos y terminan por infectarlas. Es común que esto sea por culpa de virus comunes, como adenovirus, el de la influenza, Epstein-Barr o herpes simple. Sin embargo, existen casos donde las responsables son bacterias, como las del género Streptococcus. 
Aunque los adultos pueden tener amigdalitis, es más común que la padezcan los niños, especialmente entre los 5 y 15 años. Esto se debe a que después de la pubertad, las amígdalas están prácticamente inactivas. La amigdalitis suele provocar: 
·        Amígdalas rojas e inflamadas, acompañadas por revestimiento o puntos, amarillo y blancos. 
·        Dolor de cabeza, estómago, garganta o nuca.  
·        Dolor o problemas para tragar.  
·        Fiebre.  
·        Glándulas sensibles y dilatadas en el cuello.  
·        Mal aliento.  
·        Voz apagada, rasposa o ronca. 
También puede causar, en los niños más pequeños, agitación inusual, falta de apetito o babeo excesivo. 
Cómo tratar la amigdalitis 
Es importante aclarar que la amigdalitis no es una enfermedad contagiosa, aunque las bacteria y virus que la provocan si lo son. 
Por este motivo, es fundamental mantener una buena higiene, principalmente un lavado de manos frecuente, para evitar la propagación de estos microrganismos. Otras medidas que suelen recomendarse para prevenir la amigdalitis son: 
·        Mantener separados los vasos, tazas, cuchillos tenedores, platos u otros utensilios que usa la persona con amigdalitis. 
·        Cambiar el cepillo de dientes una vez recuperado de la amigdalitis.  
·        No besar a nadie hasta haberse recuperado de la amigdalitis. 
Se debe contactar al médico cuanto antes si se experimentan algunos de los síntomas antes desarrollados. El profesional examinará la garganta y cuello, buscando signos como enrojecimiento o manchas blancas en las amígdalas e hinchazón de los ganglios linfáticos. 
Para detectar la amigdalitis se puede recurrir a ciertas pruebas: 
·        Análisis rápido de estreptococo: arroja el resultado en minutos. 
·        Cultivo de garganta: se hace en un laboratorio y normalmente toma unos días en arrojar resultados, pero suele ser más confiable. 
En caso de amigdalitis, el profesional de la salud podrá recurrir a diferentes tratamientos dependiendo el tipo de infección: 
·        Bacteriana: se recurre al uso de antibióticos. Es importante que se termine el tratamiento, incluso si se siente mejor, ya que, si se deja demasiado pronto, algunas bacterias pueden sobrevivir y volver a infectar. 
·        Viral: no existe medicamento para tratar este tipo de infección, por lo que el cuerpo deberá enfrentarla por sí mismo. 
En algunos casos puede ser necesaria una amigdalectomía, es decir, una cirugía para extirpar las amígdalas. Esto generalmente se recomienda cuando: 
·        Se tiene amigdalitis muy seguido. 
·        Se tiene una amigdalitis bacteriana que no mejora con antibióticos. 
·        Las amígdalas son demasiado grandes y causan dificultad para respirar o tragar. 
Es una cirugía sencilla y de la que se recupera rápidamente, aunque en algunos casos puede ser necesario que el paciente permanezca en el hospital durante la noche, y se sienta completamente bien tras una o dos semanas de la cirugía. 
¿Funcionan los remedios caseros? 
Actualmente, no existe evidencia que respalde la efectividad de hierbas, suplementos o preparaciones caseras para combatir la amigdalitis. Aunque existen algunas opciones que pueden ser de ayuda para aliviar los síntomas que provoca: 
·        Beber mucho líquido. 
·        Comer alimentos blandos, fáciles de tragar. 
·        Descansar correctamente. 
·        Dormir en habitaciones con humidificadores. Ayuda a aliviar el dolor de garganta si el aire es seco o se tiene la boca seca como resultado de la amigdalitis.  
·        Evitar cualquier cosa que pueda irritar la garganta, como alimentos duros o humo de cigarrillo. 
·        Hacer gárgaras con agua salada. Ayuda a disminuir la inflamación y solo se necesita mezclar ½ cucharadita de sal en ½ taza de agua. 
·        Recurrir a pastillas de regaliz o miel (salvo en el caso de los más pequeños), para calmar la inflamación de garganta.  
·        Tomar infusiones calientes (preferentemente de jengibre, hinojo, miel o limón) o paletas heladas o trozos de hielo, para aliviar las molestias o el dolor de garganta. HD

Recomendaciones de cuidado para niños en verano…

Con la llegada de la temporada de verano, se multiplican los viajes y visitas a piletas de casas quintas, clubes y colonias. Cómo cuidar a los más chicos. 
Llegaron los días con altas temperaturas. Esto invita a visitar piletas, siempre teniendo en cuenta los debidos cuidados de los niños ante el peligro de ahogamiento o frente a quemaduras por el sol. 
El ahogamiento en piletas es una causa frecuente de muerte en niños de 1 a 5 años, aunque ocurre en todas las edades. «Este accidente se puede evitar la mayoría de las veces si se tienen en cuenta algunas normas relativamente simples», consigna la Dra. Cecilia Avancini, médica pediatra de vittal, organización de urgencias y emergencias médicas extra hospitalarias de la Argentina. «Entre ellas, impulsar la enseñanza de nadar correctamente a todos los niños a partir de los 4 o 5 años, usar salvavidas (tipo chaleco con abertura anterior, con al menos tres broches seguros y correa pasada por la zona inguinal, de material sintético de alta flotabilidad), mirar y vigilar al niño constantemente cuando se encuentra cerca o dentro del agua». 
«Toda pileta debe tener un cerco que la rodee por completo de una altura mínima de 1 m. con una puerta de acceso que no pueda ser abierta de ninguna forma por los niños», añade la Dra. Avancini. 
Con respecto a la exposición solar, la médica pediatra subraya: «El sol puede producir varias lesiones visibles o no, actuales o futuras. Los rayos del sol se acumulan año tras año en nuestra piel y producen manchas solares, envejecimiento con arrugas, reacciones alérgicas, golpe de calor (debido al exceso de la exposición solar y altas temperaturas pueden aparecer dolor de cabeza, náuseas, vómitos, mareos y fiebre), cáncer de piel y pigmentación de cicatrices». 
Así, plantea que desde chicos, es importante enseñarles a los niños cómo cuidarse del sol y seguir las siguientes recomendaciones: 
·        Evitar la exposición solar entre las 11 y las 16, período en que los rayos ultravioletas están más perpendiculares a la tierra y son más potentes. 
·        Usar protector solar de acuerdo con el tipo de piel (con un índice de protección solar mayor de 30). Colocarlo 30' antes de la exposición solar y renovarlo cada 2 horas ya que la sudoración y el baño disminuyen el efecto del protector. Deberá extenderse el filtro solar en todas las partes del cuerpo expuestas al sol. No olvidarse del cuello, las orejas, las manos y el dorso de los pies. Los protectores ‘resistentes al agua’ para los niños son muy útiles. BP