Dios no llega
con ruido.
La ciudad no se
detuvo. Los semáforos siguieron marcando el paso. Hubo turnos de guardia,
sirenas lejanas, mesas puestas a medias. Alguien llegó tarde. Alguien no llegó.
Y ahí, en medio
de todo eso, Dios nació.
No llegó con
estruendo. No pidió silencio. No exigió condiciones.
Cristo nace en
la ciudad como quien se sienta cerca y espera. En un departamento pequeño. En
una casa que no está perfecta. En una familia cansada que hace lo que puede.
No invade la
agenda ni interrumpe a la fuerza. Se queda.
Tal vez por eso
cuesta reconocerlo: porque esperamos un Dios que irrumpe, y Él
llega permaneciendo.
La Navidad no
detiene la ciudad. La habita.
¿En qué rincón de tu día le
dejarás quedarse hoy? RM
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