Ciudad de ruidos. De prisas. De heridas sin nombre. Más de quinientas
parroquias católicas se levantan en esta ciudad como brazos extendidos en medio
del caos.
Cada una, con su cruz, su campana, su puerta entreabierta. Algunas en
avenidas que no duermen. Otras, ocultas entre calles sin árboles. Todas, con un
altar donde Cristo se parte…
no como símbolo estético, sino como respuesta al quiebre del mundo.
Porque en esta ciudad rota, donde el miedo, la corrupción y el cansancio se
sientan en la mesa, Cristo sigue partiéndose. Sigue ofreciéndose. Sigue
diciendo: esto es mi cuerpo… aunque lo sostengamos con manos
temblorosas.
Más de quinientas veces al día, una hostia se parte para recordarnos que el amor no se retira del asfalto. Que
hay esperanza en medio del concreto. Que la redención no ocurre en el aire, sino
entre ambulantes, balaceras y semáforos fundidos.
Y tal vez no se note… Pero la ciudad no colapsa del todo porque aún hay
altares encendidos y corazones que creen, aunque vivan rodeados de ruinas.
“Esto es mi cuerpo… partido por ustedes” (Lc 22,19) RM
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