La
ciudad está llena de multiplicaciones que cansan: se multiplican las deudas, las
horas de tráfico, los ruidos que invaden las calles, las noticias que hieren.
Pero
Jesús nos invita a otra matemática: la de la paz que se multiplica cuando
dejamos que Él habite nuestros pasos.
La
paz que empieza en lo pequeño
La
paz no llega de golpe, como un decreto o un tratado. Empieza en lo cotidiano:
·
en
la palabra que calma en lugar de herir,
·
en
el silencio que escucha,
·
en
el gesto sencillo de tender una mano.
Cuando
esos actos se multiplican, dejan de ser pequeños. Se convierten en cultura, en
semilla que germina incluso en el terreno más duro.
La
paz en medio del ruido urbano
La
ciudad no dejará de ser caótica. Los cláxones no se callarán, los conflictos no
desaparecerán. Pero la paz que Cristo ofrece no depende de lo externo, sino de
lo interno: “La paz les dejo, mi
paz les doy; no se la doy a ustedes como la da el mundo” (Jn 14,27).
Esa
paz se sostiene en la confianza, no en el control. En el perdón, no en la
revancha. En el amor que se entrega, no en la apariencia de calma.
Multiplicar
desde nosotros
La
pregunta es sencilla: ¿Qué estoy multiplicando yo en la ciudad? ¿Mis quejas,
mis enojos, mis prisas… o la esperanza de que todo puede renovarse?
Si
dejamos que Cristo nos guíe, cada palabra puede ser semilla de paz, cada acción
puede convertirse en eco de reconciliación. Y así, poco a poco, la ciudad
dejará de ser un campo de batalla, para volverse un espacio donde la paz se
contagia.
Que
en nuestra vida diaria se multiplique todo lo que nos traiga paz. Y que cada
uno de nosotros sea el primer factor de esa multiplicación. RM
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