Antonio Ixida (o Ishida) y compañeros, Beatos | |
Mártires, 03 de Septiembre | |
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Compartir, ayudar y motivar son las prioridades de este blog, tratando de iluminar el camino de nuestros semejantes con nuestra pequeña luz interior, basados en tres pilares fundamentales: "Respeto, Humildad y Honestidad"
martes, 3 de septiembre de 2013
03 de Septiembre - Antonio Ixida (o Ishida) y compañeros
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lunes, 2 de septiembre de 2013
Sabiduría 10
Capítulo 10: Sabiduría 10
Desde Adán hasta Noé
10 1 Ella protegió al primero que fue formado, al padre del mundo, que estaba solo cuando fue creado. Lo liberó de su propia caída
2 y le dio la fuerza para dominar todas las cosas.
3 Pero un injusto que por su ira se apartó de ella pereció a causa de su furia fratricida.
4 Y cuando, por culpa de él, las aguas anegaron la tierra, de nuevo la salvó la Sabiduría, guiando al justo sobre una simple madera.
Desde Abraham hasta José
5 Cuando las naciones, por su perversión unánime, fueron confundidas, ella reconoció al justo, lo conservó irreprochable delante de Dios y lo hizo más fuerte que la ternura hacia su hijo.
6 Cuando eran exterminados los impíos, ella libró a un justo, escapado del fuego que caía sobre las Cinco Ciudades.
7 En testimonio de semejante perversidad, humea allí todavía una tierra desolada, los arbustos dan frutos que no llegan a madurar y, como recuerdo de un alma incrédula, se alza una columna de sal.
8 Por haberse apartado del camino de la Sabiduría, no sólo tuvieron la desgracia de no conocer el bien, sino que, además, dejaron a los vivientes un momento de su locura, para que sus faltas no quedaran ocultas.
9 La Sabiduría, en cambio, libró de las fatigas a sus servidores.
10 Al justo que huía de la ira de su hermano, ella lo guió por senderos rectos; le mostró la realeza de Dios, y le dio el conocimiento de las cosas santas; lo hizo prosperar en sus duros trabajos y multiplicó el fruto de sus esfuerzos;
11 lo asistió contra la codicia de sus explotadores, y lo colmó de riquezas;
12 lo protegió contra sus enemigos y lo defendió de los que acechaban contra él; y le otorgó la palma en un rudo combate, para que supiera que la piedad es más poderosa que todo.
13 Ella no abandonó al justo que fue vendido, sino que lo libró del pecado;
14 descendió con él a la cisterna, y no lo abandonó en la prisión hasta entregarle el cetro de la realeza y la autoridad sobre los que lo sojuzgaban; así puso en evidencia la mentira de sus calumniadores y le dio una gloria eterna.
Moisés y el Éxodo
15 Ella liberó de una nación opresora a un pueblo santo, a una raza irreprochable.
16 Entró en el alma de un servidor del Señor y enfrentó a reyes temibles con prodigios y señales.
17 Otorgó a los santos la recompensa de sus trabajos y los condujo por un camino admirable; fue para ellos una sombra protectora durante el día y un fulgor de estrellas durante la noche.
18 Los hizo pasar a pie por el Mar Rojo y los condujo a través de las aguas caudalosas.
19 A sus enemigos, en cambio, los sumergió y después los despidió a borbotones desde el fondo del Abismo.
20 Así, los justos despojaron a los impíos y celebraron, Señor, tu santo Nombre, alabando unánimemente tu mano protectora.
21 Porque la Sabiduría abrió la boca de los mudos y soltó la lengua de los más pequeños.
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Ahora que estoy vivo
Ahora que estoy vivo (03-09-13)
Prefiero que compartas conmigo unos pocos minutos ahora que estoy vivo, y no una noche entera cuando yo muera.
Prefiero que estreches suavemente mi mano ahora que estoy vivo, y no apoyes tu cuerpo sobre mí cuando yo muera.
Prefiero que hagas una sola llamada ahora que estoy vivo, y no emprendas un inesperado viaje cuando yo muera.
Prefiero que me regales una sola flor ahora que estoy vivo, y no me envíes un hermoso ramo cuando yo muera.
Prefiero que elevemos una corta oración ahora que estoy vivo, y no una misa cantada e interminable cuando yo muera.
Prefiero que me digas unas palabras de aliento ahora que estoy vivo, y no un desgarrador poema cuando yo muera.
Prefiero escuchar un solo acorde de guitarra ahora que estoy vivo, y no una conmovedora serenata cuando yo muera.
Prefiero que me dediques una leve plegaria ahora que estoy vivo, y no un poético epitafio sobre mi tumba cuando yo muera.
Prefiero que poses tu mano sobre mi hombro ahora que estoy vivo, y no que solo esperes cargar mi ataúd sobre tu hombro cuando yo muera…
Prefiero apreciar contigo una flor que está naciendo ahora que estoy vivo, y no grandes coronas de flores que adornarán la tristeza cuando yo muera…
Prefiero disfrutar de los más mínimos detalles ahora que estoy vivo, y no de grandes manifestaciones cuando yo muera…
¿Cuánto tiempo les has dedicado estos días a tus viejitos?
Este es el momento de poder disfrutar un cafecito, un atardecer, una caminata o una simple llamada para demostrarles cuántos los amas. Estas a tiempo, no pierdas este instante y demuéstrales lo mucho que los amas. ¡Hazlo YA!
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Evangelio del Martes 03 de Septiembre
Día litúrgico: Martes XXII (C) del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Lc 4,31-37): En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaúm, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba. Quedaban asombrados de su doctrina, porque hablaba con autoridad. Había en la sinagoga un hombre que tenía el espíritu de un demonio inmundo, y se puso a gritar a grandes voces: «¡Ah! ¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios». Jesús entonces le conminó diciendo: «Cállate, y sal de él». Y el demonio, arrojándole en medio, salió de él sin hacerle ningún daño. Quedaron todos pasmados, y se decían unos a otros: «¡Qué palabra ésta! Manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen». Y su fama se extendió por todos los lugares de la región.
Comentario: Rev. D. Joan BLADÉ i Piñol (Barcelona, España)
«Quedaban asombrados de su doctrina, porque hablaba con autoridad»
Hoy vemos cómo la actividad de enseñar fue para Jesús la misión central de su vida pública. Pero la predicación de Jesús era muy distinta a la de los otros maestros y esto hacía que la gente se extrañara y se admirara. Ciertamente, aunque el Señor no había estudiado (cf. Jn 7,15), desconcertaba con sus enseñanzas, porque «hablaba con autoridad» (Lc 4,32). Su estilo de hablar tenía la autoridad de quien se sabe el “Santo de Dios”.
Precisamente, aquella autoridad de su hablar era lo que daba fuerza a su lenguaje. Utilizaba imágenes vivas y concretas, sin silogismos ni definiciones; palabras e imágenes que extraía de la misma naturaleza cuando no de la Sagrada Escritura. No hay duda de que Jesús era buen observador, hombre cercano a las situaciones humanas: al mismo tiempo que le vemos enseñando, también lo contemplamos cerca de las gentes haciéndoles el bien (con curaciones de enfermedades, con expulsiones de demonios, etc.). Leía en el libro de la vida de cada día experiencias que le servían después para enseñar. Aunque este material era tan elemental y “rudimentario”, la palabra del Señor era siempre profunda, inquietante, radicalmente nueva, definitiva.
La cosa más grande del hablar de Jesucristo era el compaginar la autoridad divina con la más increíble sencillez humana. Autoridad y sencillez eran posibles en Jesús gracias al conocimiento que tenía del Padre y su relación de amorosa obediencia con Él (cf. Mt 11,25-27). Es esta relación con el Padre lo que explica la armonía única entre la grandeza y la humildad. La autoridad de su hablar no se ajustaba a los parámetros humanos; no había competencia, ni intereses personales o afán de lucirse. Era una autoridad que se manifestaba tanto en la sublimidad de la palabra o de la acción como en la humildad y sencillez. No hubo en sus labios ni la alabanza personal, ni la altivez, ni gritos. Mansedumbre, dulzura, comprensión, paz, serenidad, misericordia, verdad, luz, justicia... fueron el aroma que rodeaba la autoridad de sus enseñanzas.
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Una luz en el camino 11
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02 de Septiembre - Antolín de Pamiers
Antolín de Pamiers, Santo | |
Mártir y Patrono de Palencia (España), 02 de Septiembre | |
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domingo, 1 de septiembre de 2013
Sabiduría 9
Capítulo 9: Sabiduría 9
Oración para obtener la Sabiduría
9 1 "Dios de los Padres y Señor misericordioso, que hiciste todas las cosas con tu palabra,
2 y con tu Sabiduría formaste al hombre, para que dominara a los seres que tú creaste,
3 para que gobernara el mundo con santidad y justicia e hiciera justicia con rectitud de espíritu:
4 dame la Sabiduría, que comparte tu trono, y no me excluyas del número de tus hijos.
5 Porque yo soy tu servidor y el hijo de tu servidora, un hombre débil y de vida efímera, de poca capacidad para comprender el derecho y las leyes;
6 y aunque alguien sea perfecto entre los hombres, sin la Sabiduría que proviene de ti, será tenido por nada.
7 Tú me preferiste para que fuera rey de tu pueblo y juez de tus hijos y de tus hijas.
8 Tú me ordenaste construir un Templo sobre tu santa montaña y un altar en la ciudad donde habitas, réplica del santo Tabernáculo que habías preparado desde el principio.
9 Contigo está la Sabiduría, que conoce tus obras y que estaba presente cuando tú hacías el mundo; ella sabe lo que es agradable a tus ojos y lo que es conforme a tus mandamientos.
10 Envíala desde los santos cielos, mándala desde tu trono glorioso, para que ella trabaje a mi lado y yo conozca lo que es de tu agrado:
11 así ella, que lo sabe y lo comprende todo, me guiará atinadamente en mis empresas y me protegerá con su gloria.
12 Entonces, mis obras te agradarán, yo gobernaré a tu pueblo con justicia y seré digno del trono de mi padre.
13 ¿Qué hombre puede conocer los designios de Dios o hacerse una idea de lo que quiere el Señor?
14 Los pensamientos de los mortales son indecisos y sus reflexiones, precarias,
15 porque un cuerpo corruptible pesa sobre el alma y esta morada de arcilla oprime a la mente con muchas preocupaciones.
16 Nos cuesta conjeturar lo que hay sobre la tierra, y lo que está a nuestro alcance lo descubrimos con esfuerzo; pero ¿quién ha explorado lo que está en el cielo?
17 ¿Y quién habría conocido tu voluntad si tú mismo no hubieras dado la Sabiduría y enviado desde lo alto tu santo espíritu?
18 Así se enderezaron los caminos de los que están sobre la tierra, así aprendieron los hombres lo que te agrada y, por la Sabiduría, fueron salvados".
LA ACCIÓN DE LA SABIDURÍA EN LA HISTORIA: MEDITACIÓN SOBRE EL ÉXODO
El Libro concluye con una larga meditación sobre la acción de la Sabiduría en la historia. Después de una breve introducción que se remonta hasta Adán, el autor se detiene en los acontecimientos del Éxodo, de los que extrae una enseñanza para el presente. El recuerda a los judíos residentes en Egipto que ya en otro tiempo sus antepasados tuvieron mucho que padecer en aquel país, pero el Señor desplegó todo su poder para librarlos de la opresión. Así aquel Éxodo es presentado como el arquetipo de todas las intervenciones de Dios en favor de su Pueblo.
Un principio guía la interpretación de los hechos: todo lo que sirvió para castigar a los enemigos de Israel se convirtió en un beneficio para el Pueblo de Dios (11. 5). Con el fin de dar más relieve y vivacidad a esta enseñanza, el autor maneja con mucha libertad las tradiciones bíblicas, idealizando los acontecimientos y adornándolos ocasionalmente con elementos legendarios. Además, en una extensa polémica contra la idolatría (caps. 13 - 15), él trata de preservar a los judíos de la apostasía y de mostrar a los paganos la inconsistencia de su propia religión.
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Carta de un hijo
Carta de un hijo (02-09-13)
A todos los padres del mundo, queridos papito y mamita:
· No me des todo lo que pido; a veces sólo pido para ver hasta dónde puedo lograr.
· No me grites. Te respeto menos cuando lo haces, y me enseñas a gritar también… y no quiero aprender a hacerlo.
· No me des órdenes a toda hora. Si en vez de órdenes, a veces me pidieras un favor, yo lo haría más rápido y con mayor gusto.
· Cumple tus promesas, buenas o malas. Si me prometes un premio, dámelo; y también si es un castigo.
· No me compares con nadie, especialmente con mi hermano o mis amigos. Si tú me haces lucir mejor que los demás, alguien va a sufrir; y si me haces quedar peor que los demás, seré yo quien sufra y quede humillado.
· No cambies de opinión tan a menudo sobre lo que debo hacer; decide y mantén tu decisión para que yo sepa a qué atenerme.
· Déjame valerme por mí mismo; si tú haces todo por mí, yo nunca aprenderé a hacerlo por mí mismo.
· No digas nunca mentiras delante de mí y mucho menos me pidas que yo las diga por ti, aunque sea para sacarte de un apuro; me haces sentir mal y perder la fe en lo que tú dices.
· Cuando yo haga algo malo, no me exijas que diga el por qué lo hice, a veces ni yo mismo lo sé.
· Cuando te equivoques en algo, admite tu equivocación; crecerá la opinión que yo tengo de ti y me enseñarás a admitir también mis equivocaciones.
· Trátame con la misma amabilidad y cordialidad con que tratas a tus mejores amigos; porque seamos familia, eso no quiere decir que no podamos ser también amigos.
· No me digas que haga una cosa que tú no eres capaz de hacerla. Yo aprenderé con tus ejemplos e imitaré siempre lo que tú hagas, aunque no me lo mandes; y no haré lo que no te vea hacer, aunque trates de exigírmelo.
· Enséñame a conocer y amar a Dios y hablar con Él, no importa si en el colegio me quisieran enseñar o no; porque de nada vale el colegio, si yo veo que tú ni conoces ni amas a Dios, ni le oras.
· Cuando te cuente un problema mío, no lo andes divulgando.
· Nunca me digas no tengo tiempo para tus boberías, eso no tiene ninguna importancia. Trata de comprenderme y ayudarme.
· Quiéreme mucho y dímelo. A mí me gusta oírlo, aunque tú no creas necesario decírmelo.
· Trata de comprenderme. Tú también pasaste por mi edad, aunque a veces pareces olvidarlo.
· No puedo ser perfecto; nadie lo es; tienes que tener paciencia.
· No me trates como a un niño pequeño. Acepta que voy cambiando y me voy haciendo mayor.
· Escucha mis opiniones y decisiones y cuando no estés de acuerdo o me des una orden, dime las razones que tengas.
· No me desanimes; al contrario, dame ánimo y reconoce mis esfuerzos, progresos y realizaciones.
· Trátanos a todos tus hijos por igual. Que ninguno sea tu preferido y que ninguno de nosotros sienta que te cae mal.
Te quiere mucho, Tu Hijo
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Evangelio del Lunes 02 de Septiembre
Día litúrgico: Lunes XXII (C) del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Lc 4,16-30): En aquel tiempo, Jesús se fue a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor».Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en Él. Comenzó, pues, a decirles: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír». Y todos daban testimonio de Él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?». Él les dijo: «Seguramente me vais a decir el refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria». Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio». Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó.
Comentario: Rev. D. David AMADO i Fernández (Barcelona, España)
«Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír»
Hoy, «se cumple esta escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21). Con estas palabras, Jesús comenta en la sinagoga de Nazaret un texto del profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido» (Lc 4,18). Estas palabras tienen un sentido que sobrepasa el concreto momento histórico en que fueron pronunciadas. El Espíritu Santo habita en plenitud en Jesucristo, y es Él quien lo envía a los creyentes.
Pero, además, todas las palabras del Evangelio tienen una actualidad eterna. Son eternas porque han sido pronunciadas por el Eterno, y son actuales porque Dios hace que se cumplan en todos los tiempos. Cuando escuchamos la Palabra de Dios, hemos de recibirla no como un discurso humano, sino como una Palabra que tiene un poder transformador en nosotros. Dios no habla a nuestros oídos, sino a nuestro corazón. Todo lo que dice está profundamente lleno de sentido y de amor. La Palabra de Dios es una fuente inextinguible de vida: «Es más lo que dejamos que lo que captamos, tal como ocurre con los sedientos que beben en una fuente» (San Efrén). Sus palabras salen del corazón de Dios. Y, de ese corazón, del seno de la Trinidad, vino Jesús —la Palabra del Padre— a los hombres.
Por eso, cada día, cuando escuchamos el Evangelio, hemos de poder decir como María: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38); a lo que Dios nos responderá: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír». Ahora bien, para que la Palabra sea eficaz en nosotros hay que desprenderse de todo prejuicio. Los contemporáneos de Jesús no le comprendieron, porque lo miraban sólo con ojos humanos: «¿No es este el hijo de José?» (Lc 4,22). Veían la humanidad de Cristo, pero no advirtieron su divinidad. Siempre que escuchemos la Palabra de Dios, más allá del estilo literario, de la belleza de las expresiones o de la singularidad de la situación, hemos de saber que es Dios quien nos habla.
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01 de Septiembre - Gil o Egidio
Gil o Egidio, Santo | |
Ermitaño y Abad, 01 de Septiembre | |
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