Un abrazo en la calle puede ser más escandaloso que
un sermón. Porque ahí donde nadie lo espera, Cristo se deja encontrar. No
llega con discursos, llega con brazos abiertos. No pide credenciales, ofrece
cercanía. No se queda en vitrinas sagradas, sale al asfalto y rompe protocolos.
El Reino se parece más a este gesto que a muchos
programas. Un abrazo que no juzga, que no pregunta, que no mide. Un abrazo que
dice: “Aquí estoy contigo, no caminas solo”.
Tal vez lo provocador del Evangelio no sea lo que
exige, sino lo que regala: un
amor que se atreve a abrazar en medio de la ciudad. RM
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