lunes, 7 de noviembre de 2016

Evangelio del Martes 08 de Noviembre

Día Litúrgico: Martes XXXII (C) del T.O

Texto del Evangelio (Lc 17,7-10): En aquel tiempo, el Señor dijo: «¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: ‘Pasa al momento y ponte a la mesa?’. ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?’. ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: ‘Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer’».

«Hemos hecho lo que debíamos hacer»

Comentario: Rev. D. Jaume AYMAR i Ragolta (Badalona, Barcelona, España)

Hoy, la atención del Evangelio no se dirige a la actitud del amo, sino a la de los siervos. Jesús invita a sus apóstoles, mediante el ejemplo de una parábola a considerar la actitud de servicio: el siervo tiene que cumplir su deber sin esperar recompensa: «¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado?» (Lc 17,9). No obstante, ésta no es la última lección del Maestro acerca del servicio. Jesús dirá más adelante a sus discípulos: «En adelante, ya no os llamaré siervos, porque el siervo no conoce lo que hace su señor. Desde ahora os llamo amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre» (Jn 15,15). Los amigos no pasan cuentas. Si los siervos tienen que cumplir con su deber, mucho más los apóstoles de Jesús, sus amigos, debemos cumplir la misión encomendada por Dios, sabiendo que nuestro trabajo no merece recompensa alguna, porque lo hacemos gozosamente y porque todo cuanto tenemos y somos es un don de Dios.
Para el creyente todo es signo, para el que ama todo es don. Trabajar para el Reino de Dios es ya nuestra recompensa; por eso, no debemos decir con tristeza ni desgana: «Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer» (Lc 17,10), sino con la alegría de aquel que ha sido llamado a transmitir el Evangelio. 
En estos días tenemos presente también la fiesta de un gran santo, de un gran amigo de Jesús, muy popular en Cataluña, san Martín de Tours, que dedicó su vida al servicio del Evangelio de Cristo. De él escribió Sulpicio Severo: «Hombre extraordinario, que no fue doblegado por el trabajo ni vencido por la misma muerte, no tuvo preferencia por ninguna de las dos partes, ¡no temió a la muerte, no rechazó la vida! Levantados sus ojos y sus manos hacia el cielo, su espíritu invicto no dejaba de orar». En la oración, en el diálogo con el Amigo, hallamos, efectivamente, el secreto y la fuerza de nuestro servicio.

domingo, 6 de noviembre de 2016

07 de Noviembre - Lucía de Settefonti

Lucía de Settefonti, Beata
Virgen, 07 de Noviembre

Casta virgen de Bolonia, llamada de Settefonti, no lejos de Ozzano Emilia, donde estaba el monasterio de Santa Cristina donde con otras compañeras Lucía profesó en la Orden Camaldulense.
Vivió, con olor de santidad, durante el siglo XII. Alrededor de su figura de monja y abadesa se divulgaron narraciones populares que, atestiguan el valor de su intercesión y caridad fraternal, aumentando su culto particularmente en la iglesia de Santa Cristina en Bolonia. Desde aquí el 7 de Noviembre de 1753, el Cardenal Palleoti trasladó las reliquias a la Iglesia de San Andrés de Ozzano donde había otro monasterio del mismo nombre.
Pio VI en 1779 confirmó la devoción y fijó su festividad para el 7 de Noviembre.

Creer solo en Dios


Cuando el hombre ora se sitúa de frente a Dios. En realidad siempre estamos en su presencia pero pocas veces somos realmente conscientes de que Él está allí. El hombre orante ejercita la fe como una adhesión personal a Dios (Catecismo Iglesia Católica, 150). La adhesión personal requiere que el hombre comprometa su inteligencia y que acepte lo que Dios ha revelado como verdadero, precisamente porque Dios lo ha revelado. Claro que cuando el hombre ora ejerce su inteligencia para entender con su mente lo que Dios le quiere decir, pero es también necesario que él abra todo su corazón porque el lenguaje de Dios es un lenguaje que va “de corazón a corazón” (Cor ad cor loquitur: el corazón habla al corazón).
No hay que despreciar este aspecto más “intelectual” de la oración, pero tampoco hay que reducirlo a él. Es preciso llegar a un sano equilibrio. La oración siempre es relación y una sana relación humana no comprometemos sólo la inteligencia sino el afecto, la voluntad, las emociones, la corporalidad, todo nuestro ser. Lo mismo sucede con Dios. Es importante tratar de entender lo que Dios nos revela, guiados por la sabia mano del Magisterio pero es igualmente importante que la relación con Él sea integral e incluya toda nuestra persona.
Por otra parte la relación con Dios, aunque tiene muchos aspectos análogos a la relación interpersonal humana, por otra parte es especial y única. Puede ser legítimo a veces dudar de lo que nos dice una persona por motivos diversos. Jamás lo será en el caso de Dios porque Él, siendo la verdad, no puede caer en falsedad e inducirnos a nosotros en error. Por ellos, llevados de su mano, nos sentimos seguros de que no nos podrá conducir a la mentira, sino que nos guiará siempre hacia la verdad sobre nosotros, sobre el mundo, sobre Él mismo. Así, con Él, tenemos esa experiencia de la que hablaba San Agustín, del “gozo de la verdad”. Quien vive en la verdad y de la verdad, vive un gozo puro y especial que no puede vivir quien vive con el demonio, padre de la mentira. Por ello el hombre de Dios irradia alegría, gozo y paz.
“Es justo y bueno confiarse totalmente a Dios y creer absolutamente lo que El dice. Sería vano y errado poner una fe semejante en una criatura” (CIC, 150). Podemos dar a otras personas una cierta confianza, pero sería vano poner en otra persona una confianza semejante a la que ponemos en Dios. El marido puede dar una confianza total a la mujer y viceversa. Es justo y sobre esta mutua confianza surge la alianza matrimonial, pero tal confianza siempre podrá estar minada por los límites e imperfecciones propios de una creatura. En cambio tales límites no existen en la relación con Dios, Verdad Absoluta que no aplasta con la luz de su verdad, sino que cura, ilumina, transforma y alegra el corazón del hombre. PB

Evangelio del Lunes 07 de Noviembre

Día Litúrgico: Lunes XXXII (C) del T.O

Texto del Evangelio (Lc 17,1-6): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Es imposible que no vengan escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen! Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y sea arrojado al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños. Cuidaos de vosotros mismos.
»Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale. Y si peca contra ti siete veces al día, y siete veces se vuelve a ti, diciendo: ‘Me arrepiento’, le perdonarás».
Dijeron los apóstoles al Señor; «Auméntanos la fe». El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: ‘Arráncate y plántate en el mar’, y os habría obedecido».

«Si peca contra ti siete veces al día (...), le perdonarás»

Comentario: Rev. D. Pedro-José YNARAJA i Díaz (El Montanyà, Barcelona, España)

Hoy, el Evangelio nos habla de tres temas importantes. En primer lugar, de nuestra actitud ante los niños. Si en otras ocasiones se nos hizo el elogio de la infancia, en ésta se nos advierte del mal que se les puede ocasionar.
Escandalizar no es alborotar o extrañar, como a veces se entiende; la palabra griega usada por el evangelista fue “skandalon”, que significa objeto que hace tropezar o resbalar, una piedra en el camino o una piel de plátano, para entendernos. Al niño hay que tenerle mucho respeto, y ¡ay de aquél que de cualquier manera le inicie en el pecado! (cf. Lc 17,1). Jesús le anuncia un castigo tremendo y lo hace con una imagen muy elocuente. Todavía se ven en Tierra Santa piedras de molino antiguas; son una especie de grandes diávolos (se parecen también, en mayor tamaño, a los collares que se ponen en el cuello a los traumatizados). Introducir la piedra en el escandalizador y echarlo al agua expresa un terrible castigo. Jesús utiliza un lenguaje casi de humor negro. ¡Pobres de nosotros si dañamos a los niños! ¡Pobres de nosotros si les iniciamos en el pecado! Y hay muchas formas de perjudicarlos: mentir, ambicionar, triunfar injustamente, dedicarse a menesteres que satisfarán su vanidad...
En segundo lugar, el perdón. Jesús nos pide que perdonemos tantas veces como sea necesario, y aún en el mismo día, si el otro está arrepentido, aunque nos escueza el alma: «Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale» (Lc 17,3). El termómetro de la caridad es la capacidad de perdonar.
En tercer lugar, la fe: más que una riqueza del entendimiento (en sentido meramente humano), es un “estado de ánimo”, fruto de la experiencia de Dios, de poder obrar contando con su confianza. «La fe es el principio de la verdadera vida», dice san Ignacio de Antioquía. Quien actúa con fe logra cosas asombrosas, así lo expresa el Señor al decir: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: ‘Arráncate y plántate en el mar’, y os habría obedecido» (Lc 17,6).

sábado, 5 de noviembre de 2016

06 de Noviembre - Pablo de Constantinopla

Pablo de Constantinopla, Santo
Mártir, 06 de Noviembre

San Pablo el Confesor, Patriarca de Constantinopla, fue electo para el trono patriarcal después de la muerte de Patriarca Alejandro (+ 340), cuando la herejía de Arrio había resurgido nuevamente. Muchos arrianos estaban presentes en el Concilio que eligió al nuevo Arzobispo de Constantinopla y éstos se opusieron a su elección, pero la mayoría eran fieles a la doctrina de la Iglesia, por lo que resultó electo. 
Tras la muerte de Constantino el Grande, sus hijos Constancio II, Constantino II y Constante reinaron sobre el Imperio de Roma dividiéndolo. Recibiendo Constantino II Britania, Galia e Hispania; Constante reinó sobre Italia, África y las provincias ilíricas, quedando Constantinopla y todo Oriente para Constancio.
El emperador Constancio II (317-361), simpatizaba con los arrianos. Éste no estaba en Constantinopla para la elección del Arzobispo, que tuvo lugar sin su consentimiento. A su regreso, el emperador convocó a un concilio que ilegalmente depuso a San Pablo, y lo desterró de la capital. En lugar del santo eligieron a Eusebio de Nicomedia, un hereje impío. El Arzobispo Pablo se retiró a Roma dónde otros obispos también fueron desterrados por Eusebio. 
Eusebio no gobernó la Iglesia de Constantinopla por mucho tiempo. Cuando murió, San Pablo fue restituido a Constantinopla, y fue recibido por su grey con amor. Pero Constancio II desterró al santo otra vez, y lo envió nuevamente a Roma. El Emperador Occidental Constante escribió una carta a su hermano y la envió a Constantinopla junto con el santo arzobispo desterrado, y san Pablo retomó el trono del episcopal. 
Pero pronto el piadoso Emperador Constante, defensor de la fe, fue asesinado. Y San Pablo fue desterrado otra vez, y enviado en el destierro a Armenia, a la ciudad de Cucusus dónde sufrió la muerte de un mártir. 
Cuando el Arzobispo estaba celebrando la Divina Liturgia, unos arrianos lo atacaron y lo estrangularon con sus propios ornamentos. Esto ocurrió en el año 350.

Respetar es aceptar al otro


Concepto ambiguo, abstracto. Culturalmente parecería ser un importantísimo valor, que al faltar genera disputas, peleas y numerosas reacciones. Para la gran mayoría de las personas la falta de respeto es algo a condenar, y muchas de las veces, imperdonable. El problema radica en tener tan diversas, y hasta inclusive, opuestas, concepciones acerca de este concepto tan popular. 
Existen variados tipos de respeto altamente valorados en la sociedad, como lo son: el respeto a los mayores, a la autoridad, a las personas con capacidades diferentes, entre otros. 
De manera casi inconsciente, uno actúa por medio de aquello que se filtró en nuestra mente sin que fuésemos capaces siquiera de percibirlo; por lo que introyectamos innumerables pensamientos que luego consideramos propios. Pocos son los capaces de detenerse, observar y hasta cuestionar estos pensamientos. 
Hacerle frente a estos le propone al sujeto un desafío y, a la vez, un riesgo, para quien está dispuesto a rever aquello que comienza a vislumbrar como introyectado; ya que lo que parecía seguro, ya no lo es. Perfectamente uno puede replantearse la idea de respeto que firmemente radica dentro de cada uno de nosotros como una verdad absoluta. 
¿A quién estoy respetando y por qué? Podría ser una de las posibles preguntas a hacerse a uno mismo. ¿Qué hizo esta persona por mí para ser merecedora de mi respeto? ¿O se lo estoy otorgando porque simplemente alguna vez escuché que alguien que aparenta estar en la etapa de la vejez merece mayor respeto de mi parte que un niño de 5 años que anda experimentando por la vida a modo de prueba y error? 
El respeto, desde mi acotado punto de vista, no debe dirigirse a determinados sectores de la población, como lo pueden ser las personas mayores; o a sujetos con determinada posición de autoridad o poder, como bien podría ser el caso de un jefe en el ámbito laboral; sino, simple y llanamente, a todos. 
Al haber dicho esto quiero aclarar que todo ser vivo es merecedor de mi respeto por el simple hecho de estar vivo. Pocas actitudes pueden despertar tal alto nivel de agresividad, como aquella que desvaloriza al sujeto y desautoriza quien el/ella es. 
Actualmente la sociedad, es decir, nosotros, tendemos a desvalorizar lo diferente, lo que no se nos parece; y al demostrar que no acepto que ese otro sea diferente, lo que realmente me encuentro haciendo es cancelándolo como sujeto, quitándole el valor del ser humano que es. Respetar es aceptar al otro porque simplemente es “Otro”, haciendo lo que puede con lo que tiene. 
Empatía, actitud difícil de encontrar, pero no imposible de trabajar; podría ser la capacidad a desarrollar que algún día logre reemplazar al respeto como valor supremo de la sociedad, de modo que entender y comprender al otro sea algo corriente, y no algo meramente circunstancial. Micaela Martin Lilla

Mirar hacia arriba


Levanta la vista y con la mirada puesta en Dios, haz el bien, que es camino de la felicidad eterna. Iba un pequeño barco pesquero saliendo de la orilla del mar y ¡vaya movimiento que se siente en la pequeña embarcación!, se necesita ser muy del mar para no sentir el mareo y las ganas de bajarse y echar a correr.
La barquilla se movía graciosamente al ritmo de las olas, pero los marineros sufrían las consecuencias de aquel vaivén... uno de ellos recibió órdenes de subir a un mástil, y a medida que subía se sentía peor... el capitán de aquel barco le gritó: SI NO QUIERES SENTIRTE MAL, MIRA HACIA ARRIBA...
Qué bien nos viene esta pequeña anécdota a todos los seres humanos: si no queremos marearnos con las cosas atractivas de este mundo, debemos mirar hacia arriba, implorar al cielo que nos llene de deseos espirituales, que veamos claro que en la vida no sólo se vive para comprar cosas y satisfacernos en todo, para así estar contentos y felices; que muy por el contrario, las cosas que llenan plenamente la vida no se pueden comprar... porque no tienen precio.
Qué bien nos haría en nuestra vida MIRAR HACIA ARRIBA y pedirle a Dios:
  • Humildad para aceptar nuestra vida como es y conformarnos con lo que tenemos y con lo que somos, sin desear tener mucho...
  • Que nos llene el alma de amor para poder vivir una vida digna, para poder darle momentos bellos a los demás...
  • Ayuda para ser mejores, sencillos de corazón y vivir con alegría
  • Aprender a dar amor y a darnos a los demás con verdadera entrega y desprendimiento, sin esperar recibir todo de ellos.
  • Generosidad para compartir todo lo que El nos ha dado, como nuestros talentos y virtudes.
  • Fortaleza para no apegarnos a las cosas materiales... a nada ni a nadie, porque:
Todo lo que tenemos en esta vida es prestado por Dios, porque al final nada nos llevaremos, solo las obras buenas y la alegría de haber vivido una vida llena de Dios. Eso es lo único que podemos llevarnos de este mundo. MPyV

Evangelio del Domingo 06 de Noviembre

Día Litúrgico: Domingo XXXII (C) del T.O

Texto del Evangelio (Lc 20,27-38): En aquel tiempo, acercándose algunos de los saduceos, esos que sostienen que no hay resurrección, le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno, que estaba casado y no tenía hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos; habiendo tomado mujer el primero, murió sin hijos; y la tomó el segundo, luego el tercero; del mismo modo los siete murieron también sin dejar hijos. Finalmente, también murió la mujer. Ésta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer».
Jesús les dijo: «Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven».

«No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven»

Comentario: Mn. Ramón SÀRRIAS i Ribalta (Andorra la Vella, Andorra)

Hoy, Jesús hace una clara afirmación de la resurrección y de la vida eterna. Los saduceos ponían en duda, o peor todavía, ridiculizaban la creencia en la vida eterna después de la muerte, que —en cambio— era defendida por los fariseos y lo es también por nosotros.
La pregunta que hacen los saduceos a Jesús «¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer» (Lc 20,33) deja entrever una mentalidad jurídica de posesión, una reivindicación del derecho de propiedad sobre una persona. Además, la trampa que ponen a Jesús muestra un equívoco que todavía existe hoy; imaginar la vida eterna como una prolongación, después de la muerte, de la existencia terrenal. El cielo consistiría en la transposición de las cosas bonitas que ahora gozamos. 
Una cosa es creer en la vida eterna y otra es imaginarse cómo será. El misterio que no está rodeado de respeto y discreción, peligra ser banalizado por la curiosidad y, finalmente, ridiculizado.
La respuesta de Jesús tiene dos partes. En la primera quiere hacer entender que la institución del matrimonio ya no tiene razón de ser en la otra vida: «Los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido» (Lc 20,35). Lo que sí perdura y llega a su máxima plenitud es todo lo que hayamos sembrado de amor auténtico, de amistad, de fraternidad, de justicia y verdad...
El segundo momento de la respuesta nos deja dos certezas: «No es un Dios de muertos, sino de vivos» (Lc 20,38). Confiar en este Dios quiere decir darnos cuenta de que estamos hechos para la vida. Y la vida consiste en estar con Él de manera ininterrumpida, para siempre. Además, «para Él todos viven» (Lc 20,38): Dios es la fuente de la vida. El creyente, sumergido en Dios por el bautismo, ha sido arrancado para siempre del dominio de la muerte. «El amor se convierte en una realidad cumplida si se incluye en un amor que proporcione realmente eternidad» (Benedicto XVI).

viernes, 4 de noviembre de 2016

05 de Noviembre - Gregorio Lakota

Gregorio Lakota, Beato
Obispo y mártir, 05 de Noviembre

Martirologio Romano: En el campo de concentración de la ciudad de Abez, en la Siberia rusa, beato Gregorio Lakota, obispo de Przemysl y mártir, que al ver despreciada la fe de su patria por los perseguidores, superó los tormentos corporales muriendo intrépidamente por Cristo (1950).
Etimología: Gregorio = Aquel que está siempre preparado, es de origen griego.

Nació el 31 de Enero de 1883 en Holodivka, Distrito de Lviv, Ucrania.
Estudió teología en Lviv y fue ordenado sacerdote en el rito greco-católico en Przemysl en 1908. Doctorado en teología en la Universidad de Viena en 1911, luego fue profesor y rector del seminario de Przemysl. Fue nombrado Obispo auxiliar de Przemysl el 16 de mayo de 1926. Ese mismo mes las autoridades lo deportaron a Ucrania. Se le infligió una pena de diez años de cárcel en el campo de concentración de Abez, en las cercanías de Vorkuta (Siberia). Falleció allí el 5 de noviembre de 1950.

Clonación ¿terapéutica o reproductiva?


Casi todos están de acuerdo sobre este punto: hay que prohibir la clonación reproductiva de seres humanos. Pero, ¿habría que prohibir “también” o “incluso” la clonación terapéutica? Ante esta segunda pregunta, hay una enorme división de opiniones. La polémica se ha vuelto a encender con la posibilidad concreta de que un laboratorio de Gran Bretaña pueda iniciar los primeros experimentos de clonación terapéutica, según la noticia que ha llamado la atención de la prensa mundial en agosto de 2004.
La pregunta sobre la licitud de la clonación terapéutica a veces se planta de modo muy confuso, si es que no llega a poner las cosas al revés. Tal y como se presenta en algunos ambientes (con las palabras “también” o “incluso” que transcribimos antes), uno puede pensar que la clonación reproductiva es más mala y la terapéutica menos.
En realidad, es mucho más grave “fabricar” un ser humano destinado al desguace (clonación terapéutica) que “fabricarlo” y dejarlo nacer (clonación reproductiva). En otras palabras: crear un ser humano por clonación siempre está mal, pues nadie puede imponer una identidad genética a otro ser humano. Crear un ser humano por clonación para que luego sea usado por los laboratorios, sea despedazado para “beneficiar” a otros (eso es la clonación terapéutica), es algo mucho más grave y más injusto.
Hay que abrir los ojos para darnos cuenta de que algo anda mal en algunos gobiernos y en algunos laboratorios. No podemos quedarnos tranquilos si algunas personas del mundo de la política y de la ciencia permiten la clonación terapéutica, algo mucho más grave que la clonación reproductiva. Decir que la clonación terapéutica está mal porque luego llevará a permitir la clonación reproductiva es, por lo tanto, un argumento débil, pues da a entender que quien eso afirma ve como peor lo segundo que lo primero, cuando la realidad es precisamente la contraria.
Hay que reaccionar con un profundo amor al hombre, desde el primer momento de su concepción. Un amor al hombre que debe convertirse en el punto central para cualquier sistema de derecho que se base en un mínimo de justicia. No podemos ver con tranquilidad el que pronto algunos embriones clonados puedan ser “construidos” y luego usados como si fuesen seres humanos menos dignos de respeto que los demás seres humanos. Nadie puede ser reducido a un objeto, a servir como material de laboratorio, para el “progreso” de la ciencia.
La discusión sobre la clonación humana (terapéutica y reproductiva) y la postura adoptada por algunos países nos están mostrado hasta qué punto algunos creen que existen seres humanos menos dignos de respeto que los demás.
Si algún día un laboratorio llega a clonar a un miembro de nuestra especie humana, lo mínimo que podemos hacer por él es defender su vida y permitirle un nacimiento digno. Por el respeto que merece y por la dignidad y la ética que deberían poseer todos los científicos y los hombres de bien que quieren defender la vida de cada uno de los miembros de la familia humana. FP