Compartir, ayudar y motivar son las prioridades de este blog, tratando de iluminar el camino de nuestros semejantes con nuestra pequeña luz interior, basados en tres pilares fundamentales: "Respeto, Humildad y Honestidad"
lunes, 2 de abril de 2018
El amor como la suerte...
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Soy de las personas...
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Gracias por este nuevo día...
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Eres la manera...
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El paraíso no es un lugar...
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03 de Abril - Salvador Huerta Gutiérrez
Salvador Huerta Gutiérrez, Beato
Mártir Laico, 03 de
Abril
Etimológicamente: Salvador
= Aquel que salva, es de origen latino.
Fecha de
beatificación: 20 de
noviembre de 2005, por el Papa Juan Pablo II, como parte de un grupo formado
por él y otros 8 mártires mexicanos.
Nació en Magdalena,
Jalisco, el 18 de marzo de 1880. Mecánico por vocación, se dedicó a este
oficio, llegando a ser uno de los más competentes de Guadalajara. Devoto de
Jesús Sacramentado, participaba todos los días de la Eucaristía y adoraba, con
frecuencia, el Santísimo en el sagrario. Su conducta como hijo, esposo y padre
fue siempre ejemplar. Poseía una
particular intuición ante el peligro, al que se enfrentaba con singular
fortaleza. Al comenzar el año
de 1927 la situación religiosa se tornó imposible para los católicos. Se
perseguía sin tregua a los clérigos por considerárseles instigadores de la
resistencia armada. El 2 de abril de 1927, consumado el asesinato de Anacleto
González y sus tres compañeros, acudió al cementerio a despedir los restos del
conocido líder.
De regreso a su
taller, lo esperaban agentes de la policía, quienes valiéndose de un ardid, lo
arrestaron. En la Inspección general comenzó un crudísimo tormento; lo colgaron
de los dedos pulgares; querían los verdugos conocer el paradero de los
presbíteros Eduardo y José Refugio. Exánime lo tiraron en un calabozo. En las primeras
horas del 3 de abril, lo condujeron, junto con su hermano Ezequiel, al panteón
de Mezquitán. Ante el pelotón de fusilamiento, pidió una vela encendida,
iluminando su pecho descubierto dijo: “¡Viva Cristo Rey y la Virgen de
Guadalupe!; disparen; muero por Dios, que lo amo mucho”.
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Jesús yace en el sepulcro
Jesús yace en el sepulcro. Sus discípulos, las
mujeres que le seguían y María, su madre, hoy se unen en oración. Recuerdan su
muerte, experimentan el vacío de su ausencia y a la vez el consuelo de la
esperanza. Un día de dolor y de esperanza.
En la Vigilia Pascual celebramos la victoria de
Cristo sobre la muerte, sobre el pecado. Celebramos que Cristo vive y nos
invita, como dice el Papa Francisco a volver a Galilea, al encuentro personal
con Él.
La
vigilia Pascual
“Después
de la muerte del Maestro, los discípulos se habían dispersado; su fe se
deshizo, todo parecía que había terminado, derrumbadas las certezas, muertas
las esperanzas. Pero entonces, aquel anuncio de las mujeres, aunque increíble,
se presentó como un rayo de luz en la oscuridad. La noticia se difundió: Jesús
ha resucitado, como había dicho… Y también el mandato de ir a Galilea;
las mujeres lo habían oído por dos veces, primero del ángel, después de Jesús
mismo: «Que vayan a Galilea; allí me verán». «No temáis» y «vayan a Galilea».
Galilea es el lugar de la primera
llamada, donde todo empezó. Volver allí, volver al lugar de la primera llamada.
Jesús pasó por la orilla del lago, mientras los pescadores
estaban arreglando las redes. Los llamó, y ellos lo dejaron todo y lo siguieron
(cf. Mt 4,18-22).
Volver a Galilea quiere
decir releer todo a partir de la cruz y de la victoria; sin
miedo, «no temáis». Releer todo: la predicación, los milagros, la
nueva comunidad, los entusiasmos y las defecciones, hasta la traición; releer
todo a partir del final, que es un nuevo comienzo, de este acto supremo de
amor.
También para cada uno de nosotros
hay una «Galilea» en el comienzo del camino con Jesús. «Ir a
Galilea» tiene un significado bonito, significa para nosotros redescubrir
nuestro bautismo como fuente viva, sacar energías nuevas de la raíz de nuestra
fe y de nuestra experiencia cristiana. Volver a Galilea significa sobre todo
volver allí, a ese punto incandescente en que la gracia de
Dios me tocó al comienzo del camino. Con esta chispa puedo encender el fuego para
el hoy, para cada día, y llevar calor y luz a mis hermanos y hermanas. Con esta
chispa se enciende una alegría humilde, una alegría que no ofende el dolor y la
desesperación, una alegría buena y serena.
En la vida del cristiano, después
del bautismo, hay también otra «Galilea», una «Galilea» más existencial: la
experiencia del encuentro personal con Jesucristo, que me ha llamado a seguirlo
y participar en su misión. En este sentido, volver a Galilea significa custodiar
en el corazón la memoria viva de esta llamada, cuando Jesús
pasó por mi camino, me miró con misericordia, me pidió seguirlo; volver a
Galilea significa recuperar la memoria de aquel momento en el que sus ojos se
cruzaron con los míos, el momento en que me hizo sentir que me amaba.
Hoy, en esta noche, cada uno de
nosotros puede preguntarse: ¿Cuál es mi Galilea? Se trata de hacer memoria,
regresar con el recuerdo. ¿Dónde está mi Galilea? ¿La recuerdo? ¿La he
olvidado? Búscala y la encontrarás. Allí te espera el Señor. He andado
por caminos y senderos que me la han hecho olvidar. Señor,
ayúdame: dime cuál es mi Galilea; sabes, yo quiero volver allí para encontrarte
y dejarme abrazar por tu misericordia. No tengáis miedo, no
temáis, volved a Galilea”. SSF
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Evangelio del Martes 03 de Abril
Día litúrgico: Martes de la octava de Pascua (B)
Texto del Evangelio (Jn 20,11-18): En aquel tiempo, estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y
mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco,
sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los
pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les respondió: «Porque se
han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y
vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por
qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el encargado del huerto,
le dice: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo
llevaré». Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo:
«Rabbuní», que quiere decir “Maestro”». Dícele Jesús: «No me toques, que
todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: ‘Subo a mi
Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’». Fue María Magdalena y dijo a
los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.
«Fue María Magdalena y dijo a los
discípulos que había visto al Señor»
Comentario: + Rev. D. Antoni ORIOL i
Tataret (Vic, Barcelona, España)
Hoy, en la figura de
María Magdalena, podemos contemplar dos niveles de aceptación de nuestro
Salvador: imperfecto, el primero; completo, el segundo. Desde el primero, María
se nos muestra como una sincerísima discípula de Jesús. Ella lo sigue, maestro
incomparable; le es heroicamente adherente, crucificado por amor; lo busca, más
allá de la muerte, sepultado y desaparecido. ¡Cuán impregnadas de admirable
entrega a su “Señor” son las dos exclamaciones que nos conservó, como perlas
incomparables, el evangelista Juan: «Se han llevado a mi Señor, y no sé dónde
le han puesto» (Jn 20,13); «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has
puesto, y yo me lo llevaré»! (Jn 20,15). Pocos discípulos ha contemplado la
historia, tan afectos y leales como la Magdalena.
No obstante, la buena
noticia de hoy, de este martes de la octava de Pascua, supera infinitamente
toda bondad ética y toda fe religiosa en un Jesús admirable, pero, en último
término, muerto; y nos traslada al ámbito de la fe en el Resucitado. Aquel
Jesús que, en un primer momento, dejándola en el nivel de la fe imperfecta, se
dirige a la Magdalena preguntándole: «Mujer, ¿por qué lloras?» (Jn 20,15) y a
la cual ella, con ojos miopes, responde como corresponde a un hortelano que se
interesa por su desazón; aquel Jesús, ahora, en un segundo momento, definitivo,
la interpela con su nombre: «¡María!» y la conmociona hasta el punto de
estremecerla de resurrección y de vida, es decir, de Él mismo, el Resucitado,
el Viviente por siempre. ¿Resultado? Magdalena creyente y Magdalena apóstol:
«Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor» (Jn
20,18).
Hoy no es infrecuente
el caso de cristianos que no ven claro el más allá de esta vida y, pues, que
dudan de la resurrección de Jesús. ¿Me cuento entre ellos? De modo semejante
son numerosos los cristianos que tienen suficiente fe como para seguirle
privadamente, pero que temen proclamarlo apostólicamente. ¿Formo parte de ese
grupo? Si fuera así, como María Magdalena, digámosle: —¡Maestro!, abracémonos a
sus pies y vayamos a encontrar a nuestros hermanos para decirles: —El Señor ha
resucitado y le he visto.
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domingo, 1 de abril de 2018
Vigilia Pascual – El nuevo Rostro de Dios
Ya no volvieron a ser los mismos. El encuentro con
Jesús, lleno de vida después de su ejecución, transformó totalmente a sus
discípulos. Lo empezaron a ver todo de manera nueva. Dios era el resucitador de
Jesús. Pronto sacaron las consecuencias.
Dios
es amigo de la vida. No
había ahora ninguna duda. Lo que había dicho Jesús era verdad: «Dios no es un
Dios de muertos, sino de vivos». Los hombres podrán destruir la vida de mil
maneras, pero si Dios ha resucitado a Jesús, esto significa que sólo quiere la
vida para sus hijos. No estamos solos ni perdidos ante la muerte. Podemos
contar con un Padre que, por encima de todo, incluso por encima de la muerte,
quiere vernos llenos de vida. En adelante, sólo hay una manera cristiana de
vivir. Se resume así: poner vida donde otros ponen muerte.
Dios
es de los pobres. Lo
había dicho Jesús de muchas maneras, pero no era fácil creerle. Ahora es
distinto. Si Dios ha resucitado a Jesús, quiere decir que es verdad: «felices
los pobres porque le tienen a Dios». La última palabra no la tiene Tiberio ni
Pilato, la última decisión no es de Caifás ni de Anás. Dios es el último
defensor de los que no interesan a nadie. Sólo hay una manera de parecerse a
él: defender a los pequeños e indefensos.
Dios
resucita a los crucificados. Dios
ha reaccionado frente a la injusticia criminal de quienes han crucificado a
Jesús. Si lo ha resucitado es porque quiere introducir justicia por encima de
tanto abuso y crueldad como se comete en el mundo. Dios no está del lado de los
que crucifican, está con los crucificados. Sólo hay una manera de imitarlo:
estar siempre junto a los que sufren, luchar siempre contra los que hacen
sufrir.
Dios
secará nuestras lágrimas. Dios
ha resucitado a Jesús. El rechazado por todos ha sido acogido por Dios. El
despreciado ha sido glorificado. El muerto está más vivo que nunca. Ahora
sabemos cómo es Dios. Un día Él «enjugará todas nuestras lágrimas, y no habrá
ya muerte, no habrá gritos ni fatigas. Todo eso habrá pasado» JAP
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Feliz Pascua... 09
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